Y me sentí completamente inútil. Todo mi trabajo ocurre en la nube, todas mis labores del día están sindicadas en una lisa de tareas… en una página Web. Mis compañeros de pega hacen otras cosas, diseñan gráficos, revisan documentos descargados en el Dropbox. Yo me meto en páginas y navego.
Comprendí que soy dependiente de la Web. Y adicto. Me entró el pánico. ¿Abría mejor un libro y me ponía a leer? Ni siquiera tenía acceso a mi blog para escribir. Sí, podía hacer un documento de texto y escribir ahí, luego copiar y pegar en el blog. Pero tenía pánico, no había nada que hacer.
Pasaron las horas e Internet regresó a saltos. Algunas páginas no se abrían, otras cargaban con velocidad inusual. No tenía ni radio para escuchar las noticias de la calle. Afuera la gente se movilizaba y ocupaba la Alameda, y yo a pocas cuadras mirándome el ombligo.
A la hora de salida no había hecho absolutamente nada. Me pasé el día comprobando el estatus de Internet, reiniciando el computador, saliendo a fumar.
Patético.
Tags: Oficina
