Me dice que hubo días peores, que me tranquilice, vendrán días felices con ese sol brillante que no calienta pero que sube el ánimo y dan ganas de pasear, subir a la montaña y tomar café caliente abrazado de mi amor.
Me recuerda cuando llovía y partía a caminar por el parque O’Higgins durante horas en vez de ir a clases. Cuando estaba enamorado y me imaginaba caminando a su lado, compartiendo mi paraguas y ella colgada de mi brazo.
Me recuerda sobre todo esas veces que tenía que caminar kilómetros para comprar parafina, y en el trayecto me tocaba cruzar calles como ríos torrentosos, los vehículos al pasar me dejaban cubierto de lodo y al regresar a casa con el combustible estaba mojado hasta los pliegues del escroto, frío y desmotivado. Tomaba una ducha rápida y recuperado de la hipotermia me sentaba frente a la estufa a calentar los pies y tomar una sopa en un tazón.
Hay gente que se deprime con el invierno y la lluvia. A mí lo que me deprime es la nieve. La odia.
Lo bueno es que en esta ciudad nieva una vez cada cinco años.

