Se lo conté a Sophie mientras corríamos por la orilla del río. Como ella estaba mucho más en forma que yo, hablaba casi todo el tiempo. Pero el tema era muy serio. Terry me había insinuado que le gustaría tener una mecedora. Sophie se paró en seco. Había que hacer algo. Y deprisa. Lo mejor era que intentara que Terry se interesara por un sillón orejero. Podía probar también con una de esas butacas estilo vintage tan monas. Me aconsejó que tomara la iniciativa. Cualquier cosa menos la mecedora. Yo le dije que verdaderamente él parecía muy encaprichado. Razón de más: tenía que actuar ya o me iba arrepentir. Sophie tenía razón. Me había dormido en los laureles. Le había dicho a Terry que ni hablar del asunto, pero acaso una prohibición tan tajante no había hecho sino acrecentar sus deseos. El típico cuento de no pruebes esta manzana. Y Terry quería la manzana porque tenía una frutería en la que jamás había entrado esa fruta. Él regentaba un anticuario y los muebles eran su pasión. Y cuando uno se le metía en la cabeza… tenía que llevarlo a casa. Teníamos espejos victorianos, cómodas, camas Luís XV, armarios de estilo alemán… Y nunca habíamos tenido una mecedora (ya lo sabía de sobras). Él lo había intentado en otras ocasiones, pero yo siempre había acabado por disuadirle. Sophie estaba muy preocupada. Había temido que este momento llegara. Le dije a Sophie que tenía un plan: compraría una cheslón muy bonita que tenía fichada. Era una preciosidad. Carísima. Y seguro que hacía que Terry se olvidara de la mecedora. Ella me dijo que había sido un riesgo casarse con Terry teniendo ese oficio, lo cual me pareció un golpe bajo, porque el amor es ciego. Entonces yo quise meterme con el marido de Sophie que es bombero, pero no se me ocurría nada que viniera caso vi que era una estupidez, porque yo quiero a mi hermana y a Ted y el verdadero drama era que Terry quería la mecedora. Le aseguré a Sophie que me ocuparía del asunto con firmeza. Le haría cambiar de idea.
Pero Terry era duro de pelar y cuando llegué a casa esa tarde me lo dijo: la mecedora iba a llegar al día siguiente. Ya tenía pensado el lugar para ella: en la habitación junto a la cama. Iba a darle un aire totalmente distinto. Se la había ganado en subasta a uno de sus mayores rivales. Estaba muy satisfecho. Olivers era una casa muy exclusiva. Entonces sí que vi que me pillaba el toro y debí flaquear porque Terry vino a por mí y me pidió que me sentara y me trajo un vaso de agua. Yo le dije que no era nada, pero él no me creyó. ¿Tenía algún problema en el trabajo?, ¿Sophie estaba enferma?, ¿me habían dado alguna mala noticia? Hombre, pues sí. Lo de la mecedora era una pésima noticia. Pero cómo iba a entender Terry que yo no bromeaba. Sophie y yo siempre habíamos mantenido el secreto. Era una manera más de conjurar nuestros miedos, pero sabíamos que si llegaba un caso desesperado, y este lo era, tendríamos que contarlo. Así lo habíamos acordado. Le dije a Terry que tenía algo muy importante que contarle. Serví algo para picar y me preparé a contar lo que nunca había podido contar. Lo dije deprisa y con toda naturalidad: Cuando éramos pequeñas Sophie y yo vimos un espíritu en la casa de nuestra abuela y nos dijo que debíamos alejarnos de las mecedoras o sucedería algo terrible. Terry esperó unos segundos en los que pareció meditar profundamente y después se partió de risa. Se rió tanto que se atragantó con el queso y se puso todo rojo y yo creí que a lo mejor era una maldición por haberlo contado. Por suerte se repuso enseguida. Entonces me dijo que la historia era muy tierna, pero era increíble que yo mantuviera ese miedo. Probablemente a quien yo había visto era a un amigo de mi abuela que nos había gastado una broma. Yo le dije que la abuela era una viuda muy respetable que no hubiera consentido que un hombre se sentara en su mecedora. Aunque el hecho de haberlo contado me tranquilizó un poco la verdad es que Terry no pensaba abandonar su idea. Así que tuve que llamar a Sophie. Puso el grito en el cielo. Me dijo que si Terry se había empeñado en meter la mecedora en casa, yo podía irme a vivir con ella. Al menos mientras la cosa estuviera así. Yo le dije que Terry no creía que fuera a pasar nada. Yo me iba a quedar y asumir las consecuencias. Me estuvo rogando un buen rato pero yo le dije que la decisión era irrevocable. En menos de una hora se plantó en casa con Ted, que se había saltado una guardia para poder darme el último adiós. Sophie venía vestida de negro. Entró llorando y me abrazó muy sentidamente. Sabía que iba a perder a su hermana. Y yo también estaba convencida de ello. Así que la cena se convirtió en un auténtico panegírico. Sophie estuvo contando decenas de anécdotas de nuestra niñez. Después se puso muy seria y relató lo del espíritu otra vez. Sophie dijo que el aparecido tenía forma de hombre y que era transparente. Yo no lo recordaba transparente, pero sí muy pálido. Las dos nos acordábamos de que tenía una cajita en la mano y de que sacaba una especia de tabaco que se llevaba a la nariz. Terry dijo que podía ser rapé, pero lo dijo con tono burlón. Sophie contó que, en realidad, el hombre era muy amable, pero que su advertencia había sido muy seria. Aunque no había especificado qué sería lo que nos pasaría, nosotras intuíamos que implicaría alguna muerte y seguro que en condiciones espantosas. Por eso, nosotras dos habíamos cumplido nuestra promesa. También le preguntó a Terry que qué pensaba hacer cuando yo no estuviera y hubiera sido abducida por el más allá. Terry empezó a perder la paciencia. Le parecía que estábamos llevando la historia muy lejos. Que prácticamente le estábamos montando un funeral en casa. Ted no quería meterse. Él había oído cosas más raras en Cuarto Milenio. Además, si un hombre nos había explicado tan claramente lo de las mecedoras, lo más sensato era hacerle caso. No veía necesidad de complicarse la vida. ¡Ni que nos hubiera pedido que no bebiéramos agua! Terry dijo que ya había tenido bastante. Al día siguiente madrugaba. Sophie estuvo otro rato llorando y se despidió. Ted me dijo que había sido una buena cuñada. Siempre me recordaría. Terry se fue a la cama enfurruñado. Me dijo que no iba a invitar más a mi hermana a cenar; le había parecido de pésimo gusto su numerito.
Al día siguiente, Terry se fue pronto al trabajo. A mitad mañana llamaron al timbre los de Olivers. Para mi sorpresa subieron un magnífico sillón eduardiano de color burdeos. Yo les dije que debía de haber un error porque yo esperaba una mecedora. Entonces me explicaron que al parecer Terry había cambiado de opinión en el último momento.