Cuando le dieron el trabajo en el observatorio se sintió muy feliz. Por fin un trabajo después de tanto tiempo. Así que a Merle no le importó tener que trasladarse a mil kilómetros de su casa. Ni que el observatorio estuviera aislado del mundo.
—La gente se siente muy sola allí —dijo el director de Recursos Humanos.
Tampoco le importó que el horario fuera nocturno ni que su cometido fuera muy rutinario. Porque, en realidad, aunque no hubiera dado detalle a todas sus amistades, a ella la habían contratado de vigilante nocturna. Lo único que tenía que hacer era controlar el Disparador de Megatrones: la joya del observatorio. Un arma potente y carísima, que se rumoreaba que valdría un nobel para los físicos de Creek Falls. El Disparador estaba de pruebas todo el día y llegada la tarde el equipo de investigación se marchaba y comenzaba la jornada laboral de Merle.
—Afortunadamente, la señora Stein estará allí por si la necesita.
Creek Falls era un pueblo inhóspito que se hallaba casi despoblado. Los jóvenes se marchaban a trabajar a la ciudad y los mayores apenas salían de casa. Pero era el pueblo más cercano. La casita de Merle estaba situada en la carretera que conducía al observatorio. A 25 kilómetros del pueblo y 27 del observatorio. Es decir, en medio de la nada. Por eso era de agradecer tener a la señora Stein cerca: justo en el bungalow de enfrente. El único, por cierto. La señora Stein era una mujer fuerte y voluntariosa. El primer día le llevó a Merle un cactus para darle la bienvenida. —Es el mejor símbolo de estas tierras —dijo. Aunque lo cierto era que en Creek Falls llovía muchísimo. Y así lo comentó Merle. —Nos ha salido repelentilla, eh? —contestó su vecina. Merle no supo si le había molestado más el tono de la señora Stein o que le pellizcara la mejilla mientras se lo decía.
Merle llegaba del trabajo a las ocho de la mañana y se iba a dormir. Intentaba amoldarse a sus nuevos horarios. Pero no ayudaba que la señora Stein se presentara en su casa puntualmente cada día a las once. Que si tenía un abrelatas, que si podía prestarle algo de leche, que si por casualidad no tendría un periódico viejo para limpiar los cristales… Merle, que siempre se consideró una persona amable y respetuosa, le hizo saber a la señora Stein-después de pasarlo por alto varios días- que necesitaba dormir y que presentarse a las once en su casa era como si ella fuera a despertarla a las dos de la mañana. —Oh, perdona, Merle. Qué desconsiderada he sido. No volverá a pasar. Tenía tantas ganas de ver a alguien por aquí que pierdo mis buenos modales. Merle repuso que no pasaba nada. Se hacía cargo. Y la señora Stein se despidió mirando a Merle de una manera tan intensa que tuvo que desviar la mirada.
Al día siguiente, la señora Stein se presentó a las diez. Merle no se lo podía creer. Llamó y llamó hasta que consiguió que se levantara de la cama. Esta vez quería saber si Merle tenía agua destilada para la plancha —La pondría del grifo, pero teniéndote de vecina he preferido preguntarte. Y verás que no he venido a las once. ¿Eran sus imaginaciones o la señora Stein tenía una sonrisa perversa colgando de la comisura de sus estrechos labios? Merle perdió la paciencia. Necesitaba descansar y no podía creer lo que le estaba pasando. Le gritó a la señora Stein que era una desconsiderada y que se podía ir al diablo con su agua destilada. Y que no volviera a aparecer por allí. . –Entonces, ¿no me prestarás el agua, querida? —preguntó la señora Stein como si nada. Merle cerró la puerta de un portazo. Y se fue a dormir maldiciendo. Horas después se sintió un poco mal recordando lo sucedido. Pero tenía que poner firme a su vecina. Era increíble que no pudiera descansar en un lugar en el que solo había una persona en 30 kilómetros a la redonda. Aunque aquella persona fuera la señora Stein. Merle se fue a trabajar como de costumbre. Tuvo un gran susto cuando, en una de las cerradas curvas que llevaban al observatorio, los frenos del coche le fallaron incomprensiblemente. Consiguió hacerse con el control del vehículo. Afortunadamente, no circulaba nadie más a esas horas. Revisó los frenos. Todo parecía normal. La jornada transcurrió con normalidad. Merle no era una persona dada a atormentarse. Aunque el trabajo tan solitario no ayudaba. Echaba de menos la compañía humana, alguien normal con quien poder comentar lo chiflada que estaba su vecina.
Merle necesitaba dormir, así que se le ocurrió quitar la luz de la casa para que la señora Stein no pudiera llamar. Esa mañana, la señora Stein apareció en casa de Merle. Pero esta vez no llamó. Cuando abrió los ojos en mitad de un sueño, la vio sentada en una silla que tenía a los pies de la cama. Merle gritó aterrorizada. Trató de encender la luz, pero no iba. La señora Stein subió las persianas dejando que la luz entrara y cegara a Merle —¿A qué viene tanto alboroto, jovencita? He visto que tu timbre no funciona y he entrado por si tenías algún problema. Merle se repuso un poco del susto, pero aún se encontraba aturdida. La señora Stein se acercó a la cama y le acarició la cabeza suavemente –Somos vecinas, Merle. Tenemos que estar unidas. Cuando una está sola pueden pasarle cosas horribles y que nadie se entere. ¿Quién podría venir en tu ayuda?, ¿quién oiría tus gritos? Merle, que tenía escalofríos, le dio las gracias a la señora Stein. Y le dijo que tenía que dormir un poco más. Cuando la señora Stein se marchó, Merle se dispuso a reforzar todas las puertas y ventanas. No iba a permitir que esa mujer entrar otra vez. Ya pensaría en algo. Tal vez pudiera denunciarla. El teléfono sonó. Merle descolgó: —No pensarás que vas a impedir que entre, verdad, Merle? Y no te molestes en llamar a nadie, bonita. Efectivamente, cuando Merle volvió a levantar el auricular, el teléfono ya no daba señal. Estaba aislada. Merle tenía que pensar. Miró por la ventana. La señora Stein cruzaba hacia su casa con una tarta en una mano y un hacha en la otra. Pronto oyó los golpes del hacha en la puerta —Ven, vecinita —dijo canturreando—. Ven a probar la tarta de cereza que te he preparado. He estado cocinando todo el día para ti.
Merle cogió las llaves del coche. Podía salir por la puerta trasera. Si era rápida le daría tiempo. Se lo jugó todo a una carta y consiguió llegar al coche con sigilo mientras su vecina seguía astillando la puerta y diciendo cosas como “mosquita muerta, te voy a cortar las alas” y “a mí nadie me ningunea”. Pero el ruido del motor alertó a la señora Stein que rápida y ágil subió a su jeep y salió a la caza de Merle. A Merle no se le ocurrió más que ir al observatorio. Aguantó como pudo los embistes de la señora Stein, que a estas alturas había dejado desmelenarse toda su locura con risas histriónicas y ruidos guturales de variado repertorio.
Merle llegó a la torre del observatorio a duras penas. Su mente sólo tenía una idea. Era ella o la señora Stein. Esquivando los golpes y aguantando los agarrones, se hizo con el disparador de megatrones y apuntó a su vecina, quien por primera vez, mostró signos de debilidad. La señora Stein dejó el hacha y se puso a llorar como una niña a quien le hubieran quitado un caramelo: ahora parecía una mujer completamente desvalida.
Yo sólo quería compañía —dijo. —¿No irás a hacerle daño a tu vecina, verdad, bonita? Y con ese bonita, Merle vio desfilar todas esas imágenes por su mente: el pellizco en la mejilla, la caricia en la cabeza, las palmaditas en la espalda y esas sonrisas de la señora Merle llenas de azúcar y veneno. Disparó. Un láser verde pulverizó a la señora Stein en un pestañeo. No quedó de ella más que el hacha y un trozo de tarta. El láser había hecho un boquete en la pared. Menudo estropicio habían montado. Merle supuso que iba a perder su trabajo. Pero eso no pareció importarle en esos momentos.