Marge sujetaba en su mano el vaso de coñac que Tom le había dado para soportar el frío del palazzo veneciano. Miró el líquido ámbar con aprensión y vertió su contenido en el lavamanos estilo victoriano que había a los pies de la cama. Sin duda Tom había mejorado sus gustos desde que lo conociera hacía tan sólo siete meses. Pero, ¡parecía tanto tiempo!
Se dirigió con paso decidido hasta su bolsa de viaje y sacó una petaca plateada que siempre la acompañaba en sus largos desplazamientos. Desenroscó el tapón y se sirvió whisky en el elegante vaso. Miró el contenido del líquido al trasluz. Se lo bebió de un trago.
Después, se sentó sobre la cama y se quedo con la mirada fija en la colcha de seda.
¿Acaso Tom creía que era una estúpida?, ¿qué ella se había tragado esa historia de que Dickey se había ido solo a Roma?, ¿eso de que no sabía nada de él, salvo que estaba deprimido y taciturno la última vez que lo vio? Marge no pudo reprimir una media sonrisa. Quizás le convenía seguir interpretando aquél papel. La ingenua y dulce Marge. La enamorada Marge…
Pero lo que Tom no sabía es que ella, Marge Sherwood, estaba dispuesta a desenmascararle. Lo haría al estilo de Tom, lentamente, disfrutando de una estrategia perfectamente trazada y elaborada desde hacía meses, casi desde el mismo día en que ella vio por última vez a Dickey Greenleaf con vida.
La voz de Tom llegó desde el piso de abajo para atajar sus pensamientos, como si opusiera resistencia telepática al engranaje que Marge estaba poniendo en marcha.
- La cena está lista. ¡No tardes o el rosbiff se enfriará!
Marge se entretuvo, conscientemente, unos minutos. Sabía que Tom no empezaría sin ella y estaría maldiciendo con una cortés sonrisa su impuntualidad femenina. Pero no importaba. Ella ya había preparado su expresión para encajar con aquella imagen de chica de buena familia moderadamente lista.
Y así bajó las escaleras: sonriendo tontunamente y pensando que daría caza a Tom Ripley.