DAY#18. -INSTINTO FOSTER

La agente Arcadia mordisqueó su empanadilla de guisantes. Tenía un hambre de narices. Todo el día en el coche. Suerte que había visto esa tienda de comestibles del mundo en la esquina. Y con la excusa de ir al servicio había podido comprarse un par de empanadillas. Si no, vete tú a saber cuándo iba a cenar. Era una de las cosas que peor llevaba de estar en el cuerpo: eso de tener que saltarse las horas de las comidas y pegar bocados a deshoras, cuando no tocaba. Estaba segura de que por eso había tanto desquiciado en la policía. La teniente Foster no parecía preocuparse por la comida. Estaba quieta con la mirada fija al frente, en un gesto de máxima concentración. Arcadia le ofreció un bocado, pero ella lo rechazó sin siquiera mirarlo. Estaba en los huesos. Trabajaba demasiado. Y eso no era bueno. Arcadia miró el reloj. Las diez y media de la noche. Un martes. Se iba a perder su serie favorita.

—Mañana a primera hora podemos ir a hacerle una visita a ese pájaro. Seguro que en la oficina lo pillamos desprevenido—dijo.

—Buen intento, Arcadia —contestó la teniente sin dejar de mirar al frente—. Mañana ya veremos lo que hacemos. Hoy no nos vamos a mover de aquí. Hasta que encontremos lo que hemos venido a buscar.

¿Cómo podía ser tan lista? Había captado su intento desesperado por cerrar la jornada. Y ella creía haber sido sutil. Se podía despedir de su serie de médicos buenorros.

—¿Pero, qué es lo que estamos buscando? —preguntó con un ligero carraspeo. Tampoco quería parecer tonta.

Foster se recostó en el asiento, suspiró y miró a Arcadia. La teniente parecía cansada. Si le tocaba de amigo invisible ese año le compraría alguna cremita para el contorno de ojos.

—Cherchez la femme —dijo la teniente abruptamente. Y Arcadia tuvo que hacer esfuerzos por retomar el hilo, dejando los cosméticos a un lado.

—Yo no hablo inglés, jefa —se disculpó tras un segundo de vacilación.

—Es francés. Y da igual. Quiero decir que tenemos que buscar a una mujer. Porque estos asesinatos siempre tienen detrás a una mujer.

Arcadia sonrió y asintió. Se recriminó ese gesto un poco pelota porque ella en realidad no creía que el caso fuera un asesinato. Estaba segura de que la muerte de Vivian Olivares había sido un accidente, tal y como aseguraba su marido. Y no veía la utilidad a estar apostadas frente a la casa de este esperando no se sabía qué.

—¿Puedo poner la radio? —sugirió Arcadia— Conozco una emisora de radiofórmula estupenda.

—No. Hay que estar muy atentas. Y la música idiotiza.

Arcadia se quedó callada.

—¿Y cómo cree que lo hizo? —preguntó finalmente. Si tenían que pasar allí las horas, al menos era mejor charlar de algo.

—Creo que tenía una cómplice. Estoy segura de que lo planeó con alguien. Una amante.

Ya estábamos con las teorías peliculeras.

—Pero los testigos vieron claramente el accidente. Olivares intentó salvar a su mujer.

Arcadia lo veía clarísimo. Y no entendía la tozudez de su jefa. Vivian Olivares había caído desde el mirador de un campanario. Punto pelota. Había ido de visita con su marido. Unos turistas japoneses también estaban allí esa fatídica mañana. Oyeron gritar a la señora Olivares y vieron claramente que el señor Olivares trataba de salvarla. La tenía fuertemente agarrada y casi consigue elevarla hasta la barandilla. Pero ella se escurrió en el último momento. Cayó sin remedio. Muerte fulminante. Su marido estaba abatido.

—Vieron cómo la tenía sujeta. Nada más. No vieron nada antes. Pudo empujarla. —La teniente Foster miraba por sus prismáticos ligeramente inclinada sobre el salpicadero. Sólo se veía a una señora en batín y zapatillas que tiraba de la correa de un barraquero. Foster alejó los prismáticos de sus ojos un momento.

—Encontramos restos de jabón perfumado en las manos de la Señora Oliver, muy untuoso.

Arcadia no entendía esta información. Le gustarían los jabones a la buena señora. A ella también le gustaban esas chorraditas. En su viaje a Grecia se trajo un jabón de limón muy agradable que por cierto hacía tiempo que no veía, ¿dónde lo habría puesto?

—Fue muy oportuno que ella tuviera las manos tan resbaladizas, ¿no cree?

—Bueno, posiblemente, fue una desgracia—admitió Arcadia—. Pero ¿cómo iba a saber la buena mujer que…?

—Exacto. ¿Cómo iba a saber nada? A no ser que fuera él quien tuviera las manos untadas con jabón deslizante.

—Nunca podríamos probar algo así —La agente Arcadia ido esfuerzos por no reírse. Le parecía totalmente descabellada aquella historia.

Pero la teniente no la escuchaba. Se había erguido y estaba tiesa inclinada hacia delante como un perro cazador que estuviera marcando su presa. Arcadia siguió su mirada. Le llevó a una rubia despampánate con unos taconazos de infarto. La mujer recorrió apresuradamente los metros que la separaban de la finca vigilada, llamó a un timbre y entró en el portal del sospechoso.

—Es ella. Apostaría mi mano izquierda— afirmó la teniente golpeando con la mano hipotecada la pantorrilla de Arcadia. Debía estar muy segura porque la teniente era zurda.

La rubia era demasiado pibón para Olivares. Él era un tapón typical spanish con pelo por todas partes. Pero Foster seguía confiando en su intuición. Estuvieron cincuenta y cinco minutos esperando, sin hablar. Arcadia empezaba a tener sueño. Había apoyado ligeramente la cabeza sobre una mano y cerraba los ojos de tanto en tanto. Al fin la rubia bajó y se precipitó sobre un  taxi blanco que la esperaba.

—Arranca, venga. Vamos tras ella.

Arcadia dio un respingo y arrancó el motor. La teniente Foster estaba más despierta que nunca sus ojos centelleaban.  Recorrieron la zona suburbial y salieron a una autovía. Arcadia seguía al taxi blanco, que parecía querer ganarse una multa por exceso de velocidad.  Llegaron a una zona que olía a pinos y estaba poblada de chaletitos coquetos. El taxi se detuvo.

—Para  aquí—ordenó Foster.

La rubia bajó y anduvo unos metros hasta que se metió en una de las villas. Calle de los Tilos sin número.

—No le costará trabajo averiguar su nombre. Vámonos.

Arcadia arrancó y reculó. Por fin. ¡Bien! Sí, le averiguaría el nombre y los apellidos de la rubia y hasta el número que calzaba. Pero lo haría mañana. Ahora quería irse a la cama. Tal vez tomar un tentempié antes.

—Quiero el informe esta noche. No espere a mañana.  Esto es importante.

Arcadia pegó un frenazo. ¿Esta noche? Aquello era de locos. El celo de la inspectora estaba fuera de lugar. Ni siquiera sabían con seguridad que la mujer hubiera estado en casa de Olivares. Y ahora ¿qué creía?, ¿que iban a escapar?

Dejó a la inspectora en su casa y le prometió que la llamaría en una hora con los datos de la rubia. La inspectora Foster iba a hacer unas comprobaciones sobre las cuentas de la difunta señora Olivares, estaba segura de que dejaba un pellizco de herencia. Estaría despierta hasta tarde. Arcadia no lo dudaba. Lo que dudaba es que tuviera vida o alguien esperándola. Ni un gato le seguiría la marcha.

Cuando llegó a casa se hizo un sándwich de pavo. Llamó a Cross por teléfono y  le pidió los datos de la presunta propietaria de la villa. Cross le aseguró que la llamaría con los resultados de las pesquisas. Se puso a ver un reallity en la tele sobre adolescentes internados en un campamento. Si se iba  la cama no le cogería el teléfono a Cross. Deseó ser una guardia de tráfico monda y lironda. Una hora más tarde Cross llamó. La rubia era Miranda Zackermann, 26 años. Era propietaria de una pequeña perfumería: El paraíso azul.  Esa misma madrugada, Olivares y Miranda, que efectivamente eran amantes, intentaron salir del país rumbo a Río. La orden dada por la inspectora Foster lo impidió. No tuvieron que estirar mucho para averiguar que el jabón encontrado en las manos de la víctima se vendía sólo en tres establecimientos de la ciudad. Uno de ellos era  El paraíso azul.

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