DAY#25.- SU MEDIA NARANJA

Joana Q. salió de su casa con un cometido un tanto curioso. Y todo por alcahueta. Hacía unos meses, ella le había prometido a su primo Matt que le ayudaría a encontrar una novia. Matt estaba desesperado. Veía pasar los años y esfumarse sus ilusiones de dar con su media naranja. Y la verdad, no es que fuera muy fácil su objetivo, por mucho que se empeñara Joana. Porque Matt no era ni muy guapo, ni muy alto, ni muy listo, ni siquiera muy simpático. Así lo entendió Joana en el primer análisis en profundidad de las virtudes de su primo. ”Pero siempre invitas a todo, ¿verdad?”. Matt aseguro que por supuesto. Y Joana tuvo que convenir que, aunque no era el mejor de los escenarios, ya era algo a favor. Se propuso desvivirse por ayudar a su primo. El abordaje, y Joana lo tenía claro, sería por Internet. Benditos ordenadores. Enseguida quedó claro que a Matt tampoco le había sido dado el don de la seducción virtual. Así que, sin querer y poco a poco, primero sugiriéndole alguna chica en la página de contactos “pincha en la morena. Es súper mona”; más tarde haciendo alguna observación útil “divertido es con “v”, Matt”, y por último dictándole alguna frase cursi pero efectiva “dile que te encanta hablar con los caballos y peinar sus crines”, así, decimos, poco a poco, Joana se fue convirtiendo en la Cyrana de su primo. Joana se transformó en Matt. Pero no en un Matt cualquiera, no. Matt leía a Virgilio por las noches, tocaba la guitarra eléctrica, detestaba el fútbol, amaba la poesía en verso libre y, por supuesto, hablaba con los caballos. Joana se preocupó de añadir un fino sentido del humor, un toque viril aquí y allá. Y la mezcla fue explosiva. Matt causaba estragos por la red. Por supuesto, a Joana no se le escapaba que el objetivo último era pasar a una relación tangible y disfrutable por su primo. Pero no veía inconveniente en su proceder. “Lo más importante es echar el anzuelo y que piquen cuantas más mejor”. Cuando su primo manifestaba su temor, con absoluto fundamento, de no ser el Matt que ellas esperaban, Joana le tranquilizaba “Todo el mundo acaba siendo más bajito de lo que esperas. Es absolutamente normal”.

Y así llegó el día de la cita con la candidata preferida: Eva. La chica en cuestión era inteligente, salerosa y muy atractiva (y no necesariamente por ese orden). Se había desplazado hasta la ciudad desde el norte del país. Un total de ochocientos kilómetros que daría por buenos si Matt estaba a la altura. Matt palideció, no sólo por su temor de ser más bajito de lo esperado, sino porque, la noche anterior a la llegada de Eva, cayó aquejado de una severa gripe que lo dejó postrado en la cama y al borde del delirio. No hubo tiempo de avisar a Eva del cambio de planes y a Joana le tocó la tarea de comunicarle lo sucedido y dejar a Matt en el mejor lugar posible. Sí. Tenía que ir a la cita en su lugar.

Habían quedado en una heladería. Joana ya sabía que Eva adoraba las heladerías porque le traían los mejores recuerdos de la infancia. En realidad, sabía muchas cosas de ella. Cuando vio a Eva se llevó una muy buena impresión. Eva era guapísima. “Caray, ¡qué buen gusto tiene mi primo!” y se tuvo que corregir “¡Qué buen gusto tengo yo!”. Porque ella la había elegido al fin y al cabo. Combinado sus ojos verdes y sus labios carnosos con el gusto por la lectura y los paseos por la playa, un vocabulario cuidado y unas gotitas de sutil ironía. Y el resultado  no defraudaba en absoluto. Eva era todo lo que Matt podía desear. Todo lo que cualquiera podía desear. Joana se presentó y le explicó a las claras lo que había pasado con Matt. Ella se sintió decepcionada, pues su deseo de conocerle era muy grande y no había previsto ese contratiempo.  Insistió en ir a visitar a Matt. No importaba que estuviera enfermo. Al menos lo saludaría y le daría ánimos para recobrarse. De  todos modos le pareció genial la idea de tomarse un helado con Joana, ya que estaban allí. La tarde fue redonda. El Banana Split con chocolate fue testigo de cómo las dos chicas congeniaron en el acto. Joana se sentía maravillada por Eva. Se decía que, de haberle gustado las mujeres, le gustarían sin duda como ella. Era sexy… ¡Y tan divertida! Eva, por su parte, también parecía muy a gusto con ella. Joana, no dejaba de asombrarse cada segundo por la cantidad de cosas que tenían en común las dos. Hacía mucho que alguien no le causaba una impresión tan honda. Era como si se conocieran desde siempre. “Matt, ah, sí…”-se oyó decir  rompiendo el hechizo- “hay que ir a ver a Matt”.

Matt estaba muy desmejorado y apenas podía decir nada, pues se encontraba embotado por la fiebre. Eva tuvo que llevar el peso de la conversación. Y lo hizo, a juico de Joana, con total acierto. ¿No era encantador el hoyuelo que se le formaba en la mejilla? ¿Y cuándo hablaba de Faulkner y en la misma frase era capaz de combinar perspicacia y campechanía? ¿No era absolutamente adorable? Por no hablar de esas poses entre estudiadas y casuales. No era de extrañar que su primo estuviera prendado de aquella chica, que hubiera sido amor a la primera vista. Era la perfección hecha carne.

Pasada una hora de jovial charla en la que Matt solo pudo asentir algunas veces y toser otras, Eva se excusó. Tenía que hacer una llamada, así que los primos se quedaron solos unos instantes. Matt le pidió a Joana que se acercara. “Ufff, menos mal que se ha ido. Es muy pesada, ¿no? Me está poniendo la cabeza como un bombo”. Joana se quedó pasmada. Su primo debía de estar seriamente afectado por la fiebre. ¿Cómo podía decir que Eva era pesada? “Y, no está mal, pero viste muy remilgada. Me gustan más pechugonas”. Joana montó en cólera. ¿Cómo podía decir eso? Estaba más que claro que era su media naranja. Ya habían quedado en que él prefería una belleza contenida, una mirada interesante antes que dos tetas XL. Y también estaba claro que Matt buscaba una mujer inteligente y con cultura. Pero Matt, entre gemidos por el dolor de cabeza, le pidió que se callara y le dejó claro que Eva no era su tipo en absoluto. Por él, podía volverse a su casa en el primer autobús.

Eva regresó y los primos  disimularon su impresión. No tanto Matt que optó por dormirse profundamente desentendiéndose de la visita. Finalmente, las dos chicas se despidieron y dejaron a Matt con su gripe. Eva se volvía esa misma noche a su ciudad. Joana trató de convencerla para que se quedara a cenar. Anhelaba su compañía. Aunque sabía que ya no tenía ningún objeto. El paso siguiente sería cortar por Internet. Eso quería su primo, ¿Tal vez podía confesarle que ella era Matt?, ¿qué opinaría Eva?, ¿le importaría? Pero Eva rehusó quedarse a cenar. Joana le parecía muy amable, pero si no estaba Matt, ¿qué sentido tenía? Volvería otro fin de semana. El próximo si podía ser. Se moría de ganas. Y es que Matt le había parecido increíblemente modesto. Con todo lo que sabía y se negaba a alardear. Sabía cuándo callar. No era muy guapo, pero eso le añadía un aire interesante y diferente. Por no hablar de su aire vulnerable y no obstante masculino. Le gustaba sin duda. Mucho. Se metió en el coche y se despidió de Joana. Tal vez volvieran a encontrarse. Le había hecho muy amena la visita. Se lo contaría todo a Matt en cuanto tuviera ocasión. Y así siguió un buen rato. Matt esto, Matt lo otro. Joana sintió una vaharada de celos verdes del tono más intenso que se pueda concebir ascender hacia ella y envolverla por completo. Tenía ganas de gritar. ¿No entendía que Matt era un simple de remate con o sin gripe? ¿No sabía que todo lo que le gustaba de él  no era sino su creación? Eva ya se alejaba. Y Joana no pudo reprimirse. Sintió un deseo intenso de reventarle la burbuja. “Es mentira que le guste hablar con los caballos y peinarles las crines”, dijo.  Eva entornó los ojos como calibrando el contenido del mensaje. “Bueno”, repuso al momento con esa sonrisa perfecta “en realidad eso me parecía una cursilada absoluta”. Metió primera y miró a Joana “¿A ti no?”. Y allí,  envuelta esta vez por el humo del tubo de escape y mientras Eva se alejaba definitivamente, Joana tuvo que admitir que, oh, sorpresa, también estaba de acuerdo con eso.

 

 

 

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