DAY#27.- EL CUARTO DEL EMBAJADOR

Yo era la hábil conversadora, pero también la  de las manos finas. Y, sin embargo, necesitaba que alguien entretuviera al embajador. Era la primera vez que no podía hacerlo yo todo.  Y así había quedado con Armenia. Ella tenía la belleza. Y sería mi cómplice.

—¿Tú quieres un collar de diamantes a medias?

—Claro. Podría hacerme una pulsera.

—Pues tienes que darle palique al viejo. Hay que impedir que suba al cuarto. Eso es todo.

Después le expliqué que no me refería al cuarto piso, sino al vestidor del embajador. Y quedó aclarado nuestro plan. Zanjamos el acuerdo. Lo haríamos en la fiesta en honor de la Duquesa de Sian. Nada podía fallar.

La fiesta reunía las condiciones. Todos estaban charlando en grupitos. A nadie le faltaba una copa en la mano. Los camareros bailaban entre la gente repartiendo canapés y bocaditos de foie. Un cuarteto de violonchelistas amenizaba la reunión. Armenia estaba espléndida. Brillaba y destacaba como un rubí en una playa de arena negra. Se había puesto un vestido con escote al límite de lo legal. Y sin embrago adoptaba un tono ingenuo y al borde de lo recatado que producía un efecto chocante. Una suerte de “se mira pero no se toca” que la hacía irresistible. Me alegré de haberme asociado con ella. El embajador se iba a volver loco con ella.

En un apropiado momento de descuido me deslicé escaleras arriba y me metí en el vestidor del embajador. Allí, según lo previsto, estaba la caja fuerte. Un hermoso cajetín de acero que en su interior guardaba un corazón diamantino. Un volante en la parte externa era la última puerta de acceso al tesoro. Sólo tenía que desbloquearla. Era cuestión de tiempo.

Si arriba todo iba según lo previsto, en el piso de abajo es donde se produjeron las sorpresas, aunque de todo esto me enteraría yo más tarde. Al parecer, el embajador salió de la fiesta a toda prisa para cubrir una urgencia diplomática. Una isla diminuta había afrentado al país con unas insulares y atrevidas pretensiones independentistas. La cosa estaba fea y los isleños no habían tenido la decencia de respetar el día festivo. El embajador se disculpó. Nobleza obligaba. En su lugar, se quedaría de anfitriona su fiel secretaria la señorita Ruder. Armenia suspiró. Así que esa era la fiel guardiana de los diamantes. Pero la señorita Ruder no era un objetivo ni mucho menos asimilable al embajador. Era una mujer diminuta con gafas oscuras  y actitud marcial. Armenia se dijo que no le importaba seducir a una mujer. Un collar de diamantes bien valía el intento. Entonces se fijó en el largo bastón blanco en el cual se apoyaba la mujer. Era ciega. “Y dicen que puede leer la mente de cualquiera. Es más lista que el hambre. Eso sí, tiene un geniazo”, apuntó una invitada curiosa que se había sumado al escrutinio de la secretaria. Armenia deseó que eso no fuera cierto, especialmente la primera parte. No obstante, se tomó su misión muy en serio. Desde el primer minuto mantuvo su vista fija en la señorita Ruder. Ayudaba el hecho de que ella no pudiera advertirlo. La mujer tenía una actitud de alerta constante. No parecía disfrutar de la fiesta. Se dedicaba a pescar canapés al vuelo y luego desecharlos. Armenia vio su oportunidad. “¿Qué le apetecería tomar?” preguntó. “Me muero por un trozo de chocolate. Estoy harta de caviar”. Armenia captó el mensaje y se encargo de proveerse rápidamente de chocolate. Unos bombones surtidos funcionaron… mientras duraron. Armenia intentó captar la atención de la Ruder con comentarios casuales sobre el tiempo  alocado y los formales invitados. “Escuche joven, no se ofenda, pero no tengo ganas de hablar. Estoy aquí por deber. Sea buena y no me haga la noche más insufrible”.  Armenia palideció, pero no se vino abajo. Sólo tenía que vigilar a la mujer. Entonces se dio cuenta de la señorita Ruder, que tenía unas orejas puntiagudas y lobunas, inclinaba la cabeza de tanto en tanto. Parecía como si hiciera esfuerzos por escuchar algo, aunque nadie le hablaba en realidad. Era una mujer bien extraña. Y entonces miró hacia el techo. La habitación prohibida, el cuarto del embajador, quedaba en ese rincón. Justo encima. “¿Qué le sucede, Señorita Ruder?, ¿está usted bien?”. La Ruder husmeó al aire. “Escucho algo. En el cuarto del embajador. Hay alguien”. Y se lanzó hacia las escaleras abriéndose paso con su bastón. Armenia debió de ver la batalla perdida, porque salió tras ella y la cogió del diminuto brazo. La Ruder se giró confundida, pero se repuso en el acto. Le enseñó los también diminutos colmillos y lanzó un enorme gruñido. “¡Suélteme!”, ordenó. Armenia tuvo que improvisar “¿Es verdad que usted lee el pensamiento?”. La Ruder continuó avanzando y Armenia insistió. “¡No la creo! Es usted una impostora”. La señorita Ruder se detuvo y cejó en el intento de trepar por las escaleras. Miró hacia atrás y su aspecto era feroz. No le gustaba el desafío. “¡Ninguna pilingui sobreperfumada me va a poner en evidencia!”, bramó. Armenia no se dio por aludida y continuó interpretando su papel de incrédula. La señorita Ruder le dijo con cierto retintín que dudaba poder leer el pensamiento a alguien que no tuviera capacidad de pensar y Armenia dijo que eso sólo confirmaba que no podía hacerlo. La Ruder estaba fuera de sí. Los invitados se acercaron atraídos por el jaleo. La señorita Ruder ya estaba agarrada al brazo de Armenia dispuesta a leerle la mente. Armenia se asustó un poco. La Ruder parecía inmersa en un trance. Le faltaba poco para levitar. “Usted está pensando en… “ y volvió a concentrarse profundamente. Armenia trató de pensar en un elefante rosa. Tenía miedo de que la Ruder tuviera poderes y pudiera leerle la mente. Porque ella en realidad pensaba en… “en una mujer con chaqueta negra y pajarita roja metiéndose un collar de diamantes en el bolsillo”.  Entonces la Ruder volvió en sí como si la hubieran abofeteado. Y gritó que había un ladrón en la casa. Subió corriendo las escaleras, seguida de algunos invitados.

Pero no encontraron a nadie. Afortunadamente, la caja fuerte había cedido unos minutos antes y yo había podido desaparecer de allí con la misma discreción con la que había hecho acto de presencia. Se armó un tremendo revuelo. Los diamantes no estaban. Se había cometido un robo, y de los gordos, pero no había a nadie a quien culpar. Las pruebas de la señorita Ruder eran difíciles de contrastar. Armenia siguió insistiendo en que ella pensaba en un elefante rosa. La señorita Ruder tuvo que desplazarse a la comisaría pues aún quedaba por dilucidar si era sospechosa o testigo telepática. En cualquier caso debía declarar. Armenia no pudo ser retenida.

Nos encontramos, según lo convenido, en un bingo a seis manzanas de la casa del embajador. Armenia me contó toda la historia mientras jugábamos unos cartones. El collar refulgía en la mesa. Sería un buen reparto. Armenia lanzó una carcajada. Me estiró de la corbata “Creía que llevabas pajarita”. Y siguió riendo un buen rato.

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