Hace un año fui a cenar a un restaurante nuevo de la calle 24. Me habían recomedado su arroz meloso y su carta de vinos. El caso es que eso no fue lo más meloso que vi esa noche. No podía creerlo al principio, pero allí estaba el doctor Gillespie cenando con una morena explosiva. Me dije que nada tenía de malo compartir mesa con una mujer notable por su belleza. En este punto he de decir que el doctor Gillespie está casado y su esposa difiere mucho en atributos de los de esta joven. Aún así, no podía reprochársele nada al doctor. Mi primer impulso fue el de acercarme a saludar. El doctor llevaba nueve meses tratándome por un asunto de inseguridad crónica. Me dije que sería una buena forma de abordar la parte terapéutica que atañe a los saludos a conocidos e interacción social. Y sin embargo, dudé. El doctor Gillespie parecía tan enfrascado con la conversación. Además yo iba sola y una de mis inseguridades aun no tratadas radica en el temor a que me roben la comida cuando me ausento de la mesa. Como fuere, el caso es que yo no podía quitar mis ojos de ellos. Estaba sentada en un ángulo desde el cual no podían verme. Cuando ya iba por mis profiteroles se habían convertido en mi mejor pasatiempo. Me encanta el doctor Gillespie. Es un hombre, que además de excelente terapeuta y laureado orador, destaca por su intachable moral. Cuántas veces me había orientado por el buen camino cuando yo creía flaquear. Aquella vez, por ejemplo, que le conté que había engañado a mi marido. Me instó a ser honesta y contárselo todo a Simon, a pesar de que fuera una simple aventura. Me indicó lo que tenía que decir exactamente: “Simon. Me estoy acostando con mi monitor del gimnasio. Es brasileño”. Esa frase –y lo que implicaba- me costó el matrimonio. Pero el doctor afirmó que, desde ese momento, yo era una persona con más respeto de mí misma. En fin, cuántas veces había mostrado el doctor su firme mano señalando el camino correcto. Y entonces, en ese punto, dejé caer un profiterol sobre la nata montada que me reservaba para el final. Y eso porque, justo entonces, vi la mano firme del doctor acometiendo el no menos firme muslo de su acompañante. Me dije que tal vez era una ilusión, pero el doctor se encargó de confirmar mis sospechas con más caricias de su repertorio. Caricias correspondidas por su acompañante. Salí muy turbada del restaurante. Y no por comprobar el estado de forma del doctor Gillespie, sino porque a esas alturas se me hacía incontestable que mi terapeuta era un mentiroso. Engañaba a su mujer y me engañaba a mí con aquel rollo falso de ciudadano ejemplar. Ese mismo día me informé sobre el estado civil de mi médico, no fuera a cometer un error. Confirmado que seguía casado y bien casado, me vi en la obligación de informar a su mujer. Simplemente tuve que hacerlo. La mujer del doctor Gillespie me dio las gracias, a la vez que se mostró muy indignada. En la siguiente ocasión que vi al doctor, este tenía un aspecto muy desmejorado, con la ropa arrugada, barba de varios días y los ojos ojerosos. Me contó que su mujer le había echado de casa y que se sentía muy desdichado. Al parecer, alguien le había contado que él se veía con otra. Yo, que estoy avanzando mucho en mi terapia, le dije que yo había sido la informante. El doctor Gillespie me miró de hito en hito. ¿Cómo era posible que hubiera arruinado su vida de un modo tan gratuito? Le comenté que lamentaba las consecuencias de mi acción, pero que me había sentido en la obligación. El doctor Gillespie montó en cólera. Me lanzó un tintero a la cabeza y todo tipo de insultos y palabras esdrújulas. “Tire siquiera un papel en la calle y yo estaré ahí para denunciarla”, me amenazó. Nuestra relación terapéutica acabó ese día. Atribuí la salida de tiesto del doctor a su falta de horas de sueño. Al fin y al cabo era humano. Pero, mucho me temo que cumplió su palabra con creces. El doctor Gillespie comenzó a seguirme, sin que yo lo supiera primero y abiertamente después. Siempre con esa barba descuidada y esos ojos cansados pero temibles. Enseguida recogió los frutos de su acecho. Al poco tiempo, fui denunciada por trampear una cuenta en el trabajo. Una asunto sin importancia, pero que me valió una falta grave. Alguien había dejado un anónimo en dirección. En otra ocasión, mi hermana fue abordada por un desconocido que le contó que yo me dedicaba a burlarme con mis amigas de sus problemas con la dieta. Le dio nombres y apellidos y relató mis mofas exactas. Mi hermana dejó de hablarme. Varios policías me endosaron las correspondientes multas de tráfico, gracias a que un ciudadano había advertido de mis faltas. Por mi parte, descubrí que el doctor había mentido sobre sus conocimientos en inglés, lo cual le valió la retirada de algunas publicaciones y algún que otro reproche de sus colegas. También le conté a su madre que su querido hijo llevaba tiempo sisándole de la pensión. Ínfimas cantidades, sí, pero dinero a fin de cuentas. Por supuesto, para obtener estas y otras informaciones yo también tuve que empezar a vigilarle a él. No siempre era fácil, más que nada porque el doctor dedicaba casi todo su tiempo libre a seguirme. Los dos empezamos a extremar nuestro cuidado. Cada vez era más difícil pillarnos en falta. Por eso celebrábamos en grande cada desliz del otro. Fueron buenos tiempos, pese a los sinsabores. Hace tres meses que no tenemos nada que denunciar. Ni él ni yo. No hay movimientos aparentes, pese a que seguimos vigilándonos con absoluto rigor. Se puede decir que el doctor Gillespie y yo nos hemos convertido en dos ciudadanos ejemplares.