En su sueño estaba a punto de besar a Lauren. Y le había costado varios sueños y mucha autosugestión llegar hasta ahí. La mano, la muñeca, el antebrazo, el hombro. Y ahora estaba a punto. Los labios rosados de Lauren estaban dispuestos. Albert se despertó por el timbrazo del teléfono. ¡Maldición! Se había olvidado de descolgar el aparato. Se levantó rezongando del sofá. Aún eran las cinco de la tarde y la luz se filtraba tenuemente por las persianas de su apartamento. Levantó el auricular.
—¡Felicidades, hermano! —la voz sonó alarmada.
—¿Sara? Eh, gracias.
—¿Qué hacías? —preguntó Sarah con un tono de urgencia.
—Leer.
—Tienes que venir. Inmediatamente.
Albert iba a protestar. Pero Sara ya había colgado. Pensó en llamarla otra vez, pero algo le decía que su hermana no iba a tratar el asunto por teléfono. Aún era pronto. Si se daba prisa, podría ver a su hermana y todavía tendría tiempo de ducharse y afeitarse antes de su cita de las nueve. Con esta idea salió de casa.
Sara vivía en un chaletito al otro lado de la colina. Albert decidió coger el autobús para llegar hasta allí. Quería que su coche estuviera impecable para la noche y si chispeaba se iba a echar a perder el efecto brillo. Durante el trayecto fue dejándose ir en ensoñaciones. Iba a cenar con Lauren. Iba a ser el mejor cumpleaños de su vida. Por fin ella había tomado la iniciativa. Después de tantos meses preparando el terreno. Con ella había que ir despacio, ya lo sabía. Pero la última vez, cuando ella le había preguntado si le gustaría ir a cenar para celebrar su cumpleaños, él había visto ese inequívoco brillo en los ojos. Y el hoyuelo de su mejilla izquierda se había manifestado. Y esa era sin duda la señal de que los planetas se habían alineado. Por fin.
Llamó al timbre de casa de Sara. Scottie, el yorkshire, ladraba tras la puerta. Sara abrió y después de mirar a ambos lados de la calle, atrajo a Albert de un tirón. Albert recompuso la forma de su chaqueta. Sara le pidió que le siguiera hasta el salón. Albert tropezó con una pipeta de laboratorio. Sara habría estado trabajando en casa. Albert se sentó en el sofá con Scottie lamiéndole los zapatos.
—Bueno, ¿qué pasa? —Albert quería ir al grano. El suspense le disgustaba—. ¿Algún problema en el laboratorio?
—¿Por qué? —Sarah, que estaba sirviendo un refresco. Se detuvo en seco.
—¿Cómo que por qué…? Quiero decir que a qué viene tanta urgencia. ¿Ha pasado algo?
Sara se acercó y le ofreció un vaso:
—Feliz cumpleaños. —Y sin embargo su cara seguía demostrando demasiada prudencia. Albert tomó el vaso y lo dejó a un lado. Cogió a su hermana de la muñeca y le pidió que se sentara.
—Dime que sólo me has llamado para felicitarme y ofrecerme un Trinaranjus. Estoy un poco nervioso aún. Dentro de un rato, ya lo sabes, he quedado con Lauren.
Sara sonrió nerviosamente, y eso, bien lo sabía su hermano, significaba que tenía que contarle algo serio. Sara se levantó y se giró de forma enérgica.
—Está bien. Ha pasado algo. Pero dime que no te vas a enfadar, ¿de acuerdo?
Albert miró con creciente ansiedad.
—Se trata de Lauren.
—¿Le ha pasado algo? Albert saltó como un resorte.
—Sí. Bueno, no. Nada grave… creo… reversible… espero.
Albert se dejó caer en el sofá. La idea de que a Lauren le hubiera sucedido algo era insufrible. Y justo esa noche. Miró a su hermana. Ella se acercó.
—Albert, Lauren está bien. No te asustes. —Albert respiró, pero aún así aquello le recordaba a las conversaciones de las películas.
—Y ahora me vas a decir que no está muerta, pero que está en una silla de ruedas. O ciega. O mutilada.
—Por favor, Albert, qué melodramático —protestó Sara—. Está perfectamente y con todos sus miembros. Lo que ha pasado es que… bueno que esta noche estará enamorada de mí.
—¿Cómo? —Albert se sentía más aliviado. Incluso empezó a rascarle una oreja a Scottie—. ¿Qué quieres decir?, ¿de qué hablas?
Y entonces Sara respiró profundamente.
—No me interrumpas, ¿vale?
Albert asintió.
—De acuerdo. No había manera de encontrar un regalo para ti. Y parecías tan deprimido. Yo quería darte una sorpresa, encontrar algo que te gustara de verdad. Entonces me dijiste que lo único que querías era a Lauren. Y de ahí no había manera de sacarte. Y yo pensé que en eso no podía ayudarte. O tal vez sí, me dije. Había leído en un artículo de ciertos experimentos para fomentar la atracción. Se han probado en simios con mucho éxito, ¿sabes? Bueno, pues lo hice. Un filtro amoroso. Se trataba de un simple cóctel de feromonas y otras sustancias con conservantes, algo de colorante y edulcorante, claro.
Albert rascaba a Scottie compulsivamente.
—Sigue.
—Bien. Pues mi intención, te lo juro, era dártelo hoy para que se lo administraras de algún modo a Lauren. Eso iba a asegurar que la noche fuera un éxito. Ya sé que puede sonar mal. Te aseguro que ella no haría nada que no quisiera. Es sólo un potenciador de su propio apetito.
—Sigue —Scottie empezaba a gruñir.
—Todo estaba listo, pero la fatalidad quiso que Lauren se pasar por aquí a mediodía. Quería que le prestara unos zapatos. Y yo tenía el mejunje aquí, en el comedor. Pensaba en cómo envasarlo. Y la verdad es que me había quedado muy apetitoso. Y de un color naranja, muy de zumo californiano. Entonces, nada, cuando volví con los zapatos, Lauren le había pegado un buen trago. Yo no sabía que le encantaba el zumo. Y antes de que pudiera detenerla, se lo había bebido. Todo. Venía con sed, me dijo.
—¿Y qué paso? —Albert seguía aferrado a Scottie, que empezó a mordisquearle la mano en legítima defensa.
—Pues al parecer, ahora lo sabemos, el efecto se produce sobre la primera persona que hueles, por las feromonas, ¿sabes? Y esa persona… pues fui yo. Entonces Lauren, la verdad, es que se puso muy afectuosa conmigo. No es nada tímida, ¿sabes?
—No, no lo sé. —Scottie por fin se había zafado—. Cuéntamelo tú.
—Bueno, nada. Pues eso, quiso seducirme. Yo le dije que no podía ser. Que ella estaba confundida por el zumo. Pero fue muy, muy insistente y no pude evitar que me besara… apasionadamente, debo decir. Besa muy bien, Lauren.
Albert se lanzó al suelo, se llevó las manos a la cara y profirió un grito.
—¿Es que no podías regalarme una corbata como todo el mundo?
Sara corrió a consolarle. No debía temer. Había sido una imprudente, pero todo pasaría. Simplemente habría que esperar unas horas y Lauren volvería a estar como siempre. Sara le aconsejó que retrasara la celebración, pero Albert se negó. Estaba dispuesto a pasar la noche de su cumpleaños con Lauren. Y ninguna poción podría más que su deseo.
Así que se despidió de su hermana advirtiéndole de que estaría algún tiempo cabreado. Trató de olvidar todo lo que su Sara le había dicho. Volvió a su casa y prosiguió con sus preparativos. Se duchó, se afeitó y se puso su perfume favorito. Se miró al espejo. Estaba irresistible.
Se encontró con Lauren a la hora convenida. Estaba espectacular. Ella le hizo un cumplido sobre su camisa. Albert se sentía feliz, a pesar de todo. Prefirió no sacar a su hermana en la conversación. Lauren parecía contenta, relajada y de algún modo más abierta con él. La cena fue a pedir de boca. Lauren pidió un postre especial para Albert. Él pidió un deseo: Lauren, Lauren y más Lauren. Salieron del restaurante y subieron al coche. Albert quería ir a una sala de fiestas en la parte alta de la ciudad.
—Quisiera hacer una parada antes, si no te importa —dijo ella.
—Sí, claro, ¿de qué se trata?
—Quiero pasar por casa de tu hermana.
Albert dio un frenazo.
—Es sólo un momento. No hace falta que bajes del coche. No tardaré —insistió Lauren—. Es que no paro de pensar en lo… amable que ha sido esta tarde. Quiero darle las gracias por los… zapatos que me ha prestado. Quizás quiera venir a bailar con nosotros, ¿no te importa no?
Lauren sonrió. Y al hacerlo en su mejilla izquierda se formó el fantástico hoyuelo: redondo, perfecto, como una luna llena. Y Albert supo con certeza que esa noche los planetas no se alinearían para él.