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		<title>¿HARTO DE QUE NO TE LEA NI &#8220;EL TATO&#8221;?</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Jun 2012 09:58:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marta</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Pues tendremos que aceptarlo: es una posibilidad. Puede que nadie nos lea. Nunca. Puede que nuestros escritos queden absorbidos (que no leídos) en la gran vorágine de Internet. ¿Y qué podemos hacer? Al afrontar esta terrible posibilidad, nos quedan varias soluciones: o bien  nos cabreamos y dejamos de escribir (¿para qué si nadie nos lee?). O bien escribimos pase lo que pase. Y así nos acercamos a otro debate. ¿El escritor necesita lectores que lo justifiquen? Y ahí cada cual que se conteste. Lo que es seguro es que la escritura, cuando es necesidad, no puede ser eludida, ni aun cuando no sea leída.</p>
<p>Adelante pues.</p>
<p><a href="http://storyaday.org/loverpool/files/2012/06/a-mi-no-me-mires-3.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-113" src="http://storyaday.org/loverpool/files/2012/06/a-mi-no-me-mires-3.jpg" alt="" width="382" height="336" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>DAY #31.- DESPIERTOS</title>
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		<pubDate>Thu, 31 May 2012 20:25:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marta</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Era el tipo de persona que se daba cuenta de su mortalidad cada vez que dormía. Si por casualidad oía voces al fondo de su sueño, voces de los despiertos, entonces comprobaba un hecho irrefutable: siempre había gente despierta cuando él dormía. Mientras él dormitaba, alguien estría haciendo la colada, alguien amaría a otro, alguien sufriría. Los despiertos seguían adelante. La primera vez que se enfrentó con esta evidencia tenía 16 años. Era una tarde clara de primavera y él no estaba particularmente deprimido. Y, sin embargo, tuvo la revelación. Y encontró su vocación. Podría haber desarrollado fascinación por la vida, haberse hecho submarinista o intrépido viajero, pero Braulio King eligió el camino de la fascinación por la muerte. Se hizo médium. Y al principio fue una cuestión práctica. Ya que, tarde o temprano, iba a acabar en ese lado, quería tener contactos. Si algo le había enseñado la vida era eso de que hay que tener amigos hasta en el infierno. Dedicó a esto muchas de sus energías y no poca de su capacidad. Rechazó estudiar contabilidad y colocarse en la empresa familiar. El negocio de las bombillas no le atraía. Él buscaba otra clase de luz. Tampoco prestó atención a las jóvenes que se interesaron por él en esos años. Se sentía una especie de sacerdote y las mujeres ofrecían demasiadas distracciones. Cuando se vino a dar cuenta era un solterón hecho y derecho con bastantes deudas y nada de colesterol. Había consumido ya cincuenta años de su existencia y la muerte parecía una probabilidad remota. Braulio King se aburría y era un farsante, aunque qué culpa tenía él de carecer de dotes mediúmnicas. Su pasión inicial se había convertido en un pequeño negocio de ochenta metros cuadrados con el que llegar a fin de mes. Porque, aunque estaba imbuido de pretensiones extraterrenales, él necesitaba comer. Noticias del Más Allá era su gabinete consultor. En horario comercial atendía a sus clientes con celeridad y pulcritud. Estaba convencido de que lo extrasensorial no reñía con lo empresarial. La mayoría de sus clientes eran viejas damas que buscaban consuelo espiritual. La rutina siempre era la misma. Ellas llegaban apesadumbradas por la nostalgia y salían con el bolsillo aligerado. Braulio les ofrecía un té con pastas selectas (siempre compraba en una pastelería francesa), les daba conversación durante una hora, después hacía el numerito de la ouija durante media hora más, les decía lo que ellas querían oír y a casa. Al final, las damas pasaban hora y media entretenidas y con merienda. Era como ir al cine, sólo que mejor. La película estaba personalizada.</p>
<p>Pero una tarde de domingo, la señora Adams vino acompañada de su hija Dotty. Habitualmente acudía a Noticias del Más Allá con su señorita de compañía, pero aquel día la joven estaba agripada y las funciones recayeron en nieta mayor. Dottie tenía treinta y muchos años y era muda de nacimiento. Todo el mundo daba por hecho que tenía un retraso y en consecuencia la trataban. Se pasaba los días encerrada en casa bordando mantelería, habilidad en la cual, se decía, tenía gran maestría. Aquella tarde ella se situó en una silla un poco apartada y se puso a leer un libro de Julio Verne. La señora Adams vino con la misma historia de siempre. Quería saber algo de su nietecito, Tommy, que se había ido al cielo a los diez años, después de tomar la Comunión. Esto último para gran consuelo de su abuela. Braulio siempre le contaba historias amables de Tommy y siempre encontraba palabras emotivas para la señora Adamas que invariablemente acababa llorando. Braulio tenía comprobado que, cuanto más lloraba, más le pagaba. Y a él le parecía justo. Era como un premio a su capacidad dramática. Esa tarde Braulio se esforzó. Le narró una escena con Tommy vestidito de marinero trepando a un árbol con las rodillas raspadas y le contó cómo el niño ya se sentía cerca del cielo. Allí, entre las copas de los árboles, había visto una luz y una voz le había dicho: “vendré a por ti, pequeño Tommy”. La señora Adams se había asustado un poco y él había tenido que reconducir sobre la marcha la historia para que la anciana se quedara tranquila. “Era una voz dulce y de mujer. La Virgen, seguramente”. La señora Adams lloró como una magdalena. Aún enjugándose los ojos le pidió a su nieta que le diera la minuta a Braulio. Dottie dejó a un lado a Miguel Strogoff y se acercó de mala gana. Tenía la mirada muy viva. Sacó unos billetes del bolso de su abuela y los dejó en la mesa, mirando a Braulio de una manera que él consideró impertinente para una mujer soltera. Él carraspeó y extendió la mano para coger el dinero. Entonces Dottie, de forma inesperada, puso su mano sobre la de él y la retuvo unos instantes. Y entonces pasó: Braulio oyó una voz nítida y clara de mujer “Debería darle vergüenza engañar así a la vieja”. El médium soltó rápidamente la mano y dio un respingo. “Perdón, ¿cómo dice?”, preguntó a la anciana, pero la señora Adams no había dicho nada, seguía sonándose en su pañuelo con encajes. Y Braulio volvió la mirada a Dottie que sonreía y seguía clavando en él sus ojos de aquella forma tan extraña: “¿Qué sucede, señor King? Ahora sí podría decirle usted a mi abuela que le está hablando la virgen. Y no mentiría”. Y lo oyó claramente sin que Dottie abriera los labios. Braulio se puso lívido y la señora Adams tuvo que mandar a Dottie a por un poco de Oporto. Ella no dejó de decirle cosas en toda la tarde. Para ser muda era muy habladora. Braulio no quiso cobrar a la señora Adams. Esa tarde se fue pronto a dormir, pero no pudo pegar ojo. Lo que le había sucedido desafiaba todo su entendimiento y su lógica. Pronto tuvo que aceptar que nunca podría hablar con Tommy ni con nadie del otro lado, pero que, por alguna razón podía comunicarse con Dottie. Y eso que primero le asustó después le intrigó.</p>
<p>Pasadas las primeras precauciones, las visitas continuaron. Dottie también le había cogido gusto al hecho de contactar con alguien. En el gabinete tuvieron animadas conversaciones mientras la anciana Adams lloraba. Al principio eran monólogos de Dottie, que le sugería a Braulio historias sobre Tommy en una clave más realista. Dottie se reveló como una mujer de fino sentido del humor y gran inteligencia. A Braulio no le costó que Dottie dejara su reclusión y accediera a dar paseos con él y le diera una tregua a la mantelería “Menos mal que has aparecido Braulio, estaba a punto de hacerme la mortaja bordada”. Y él contestó solemnemente que eso tenía mucho sentido “A fin de cuentas, querida, usted vive en la casa de la Familia Adams”.</p>
<p>Podía parecer que hacían una curiosa pareja. Ella muda, embelesada, mirándolo y él soltando frasecitas por lo bajín y riéndose, porque Braulio empezó a soltarse y a sentirse por primera vez en su piel en compañía de Dottie. Muy pronto, a los dos se les hizo evidente que estaban enamorados. No quisieron casarse, ni prometerse, ni hablar de ello. Jamás pensaron en formar una familia tradicional. Optaron por una salida más interesante: decidieron fugarse. Fue fácil en realidad pues los dos estaban considerados como almas dóciles. Lo desmintieron. Así, Dottie y Braulio se dedicaron a viajar y a ver todo lo que se habían escatimado a sí mismos: Estambul, París, la Cappadocia, Brasil, Jamaica, Australia… no había destino imposible. Cada día era una aventura para ellos, pero jamás les faltaba qué cenar. Al contrario, tenían un número ambulante de telepatía y prestidigitación que era un éxito sin trampa ni cartón. Y así fue como, a sus cincuenta años y más despierto que nunca, Braulio King empezó por fin a vivir.</p>
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		<title>DAY #30.- EJEMPLARES</title>
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		<pubDate>Wed, 30 May 2012 21:26:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marta</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>Hace un año fui a cenar a un restaurante nuevo de la calle 24. Me habían recomedado su arroz meloso y su carta de vinos. El caso es que eso no fue lo más meloso que vi esa noche. No podía creerlo al principio, pero allí estaba el doctor Gillespie cenando con una morena explosiva. Me dije que nada tenía de malo compartir mesa con una mujer notable por su belleza. En este punto he de decir que el doctor Gillespie está casado y su esposa difiere mucho en atributos de los de esta joven. Aún así, no podía reprochársele nada al doctor. Mi primer impulso fue el de acercarme a saludar. El doctor llevaba nueve meses tratándome por un asunto de inseguridad crónica. Me dije que sería una buena forma de abordar la parte terapéutica que atañe a los saludos a conocidos e interacción social. Y sin embargo, dudé. El doctor Gillespie parecía tan enfrascado con la conversación. Además yo iba sola y una de mis inseguridades aun no tratadas radica en el temor a que me roben la comida cuando me ausento de la mesa. Como fuere, el caso es que  yo no podía quitar mis ojos de ellos. Estaba sentada en un ángulo desde el cual no podían verme. Cuando ya iba por mis profiteroles se habían convertido en mi mejor pasatiempo. Me encanta el doctor Gillespie. Es un hombre, que además de excelente terapeuta y laureado orador, destaca por su intachable moral. Cuántas veces me había orientado por el buen camino cuando yo creía flaquear. Aquella vez, por ejemplo, que le conté que había  engañado a mi marido. Me instó a ser honesta y contárselo todo a Simon, a pesar de que fuera una simple aventura. Me indicó lo que tenía que decir exactamente: “Simon. Me estoy acostando con mi monitor del gimnasio. Es brasileño”. Esa frase –y lo que implicaba- me costó el matrimonio. Pero el doctor afirmó que, desde ese momento, yo era una persona con más respeto de mí misma. En fin, cuántas veces había mostrado el doctor su firme mano señalando el camino correcto. Y entonces, en ese punto, dejé caer un profiterol sobre la nata montada que me reservaba para el final. Y eso porque, justo entonces, vi la mano firme del doctor acometiendo el no menos firme muslo de su acompañante. Me dije que tal vez era una ilusión, pero el doctor se encargó de confirmar mis sospechas con más caricias de su repertorio. Caricias correspondidas por su acompañante. Salí muy turbada del restaurante. Y no por comprobar el estado de forma del doctor Gillespie, sino porque a esas alturas se me hacía incontestable que mi terapeuta era un mentiroso. Engañaba a su mujer y me engañaba a mí con aquel rollo falso de ciudadano ejemplar. Ese mismo día me informé sobre el estado civil de mi médico, no fuera a cometer un error. Confirmado que seguía casado y bien casado, me vi en la obligación de informar a su mujer.  Simplemente tuve que hacerlo. La mujer del doctor Gillespie me dio las gracias, a la vez que se mostró muy indignada. En la siguiente ocasión que vi al doctor, este tenía un aspecto muy desmejorado, con la ropa arrugada,  barba de varios días y los ojos ojerosos. Me contó que su mujer le había echado de casa y que se sentía muy desdichado. Al parecer, alguien le había contado que él se veía con otra. Yo, que estoy avanzando mucho en mi terapia, le dije que yo había sido la informante. El doctor Gillespie me miró de hito en hito. ¿Cómo era posible que hubiera arruinado su vida de un modo tan gratuito? Le comenté que lamentaba las consecuencias de mi acción, pero que me había sentido en la obligación. El doctor Gillespie montó en cólera. Me lanzó un tintero a la cabeza y todo tipo de insultos y palabras esdrújulas. “Tire siquiera un papel en la calle y yo estaré ahí para denunciarla”, me amenazó. Nuestra relación terapéutica acabó ese día. Atribuí la salida de tiesto del doctor a su falta de horas de sueño. Al fin y al cabo era humano. Pero, mucho me temo que cumplió su palabra con creces. El doctor Gillespie comenzó a seguirme, sin que yo lo supiera primero y abiertamente después. Siempre con esa barba descuidada y esos ojos cansados pero temibles. Enseguida recogió los frutos de su acecho. Al poco tiempo, fui denunciada por trampear una cuenta en el trabajo. Una asunto sin importancia, pero que me valió una falta grave. Alguien había dejado un anónimo en dirección. En otra ocasión, mi hermana fue abordada por un desconocido que le contó que yo me dedicaba a burlarme con mis amigas de sus problemas con la dieta. Le dio nombres y apellidos y relató mis mofas exactas. Mi hermana  dejó de hablarme. Varios policías me endosaron las correspondientes multas de tráfico, gracias a que un ciudadano había advertido de mis faltas.  Por mi parte, descubrí que el doctor había mentido sobre sus conocimientos en inglés, lo cual le valió la retirada de algunas publicaciones y algún que otro reproche de sus colegas. También le conté a su madre que su querido hijo llevaba tiempo sisándole de la pensión. Ínfimas cantidades, sí, pero dinero a fin de cuentas. Por supuesto, para obtener estas y otras informaciones yo también tuve que empezar a vigilarle a él. No siempre era fácil, más que nada porque el doctor dedicaba casi todo su tiempo libre a seguirme. Los dos empezamos a extremar nuestro cuidado. Cada vez era más difícil pillarnos en falta. Por eso celebrábamos en grande cada desliz del otro. Fueron buenos tiempos, pese a los sinsabores. Hace tres meses que no tenemos nada que denunciar. Ni él ni yo. No hay movimientos aparentes, pese a que seguimos vigilándonos con absoluto rigor. Se puede decir que el doctor Gillespie y yo nos hemos convertido en dos ciudadanos ejemplares.</p>
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		<title>DAY#29.- CUMPLEAÑOS FELIZ</title>
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		<pubDate>Tue, 29 May 2012 20:42:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marta</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[En su sueño estaba a punto de besar a Lauren. Y le había costado varios sueños y mucha autosugestión llegar hasta ahí. La mano, la muñeca, el antebrazo, el hombro. Y ahora estaba a punto. Los labios rosados de Lauren &#8230; <a href="http://storyaday.org/loverpool/2012/05/29/day29-cumpleanos-feliz/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>En su sueño estaba a punto de besar a Lauren. Y le había costado varios sueños y mucha autosugestión llegar hasta ahí. La mano, la muñeca, el antebrazo, el hombro. Y ahora estaba a punto. Los labios rosados de Lauren estaban dispuestos. Albert se despertó por el timbrazo del teléfono. ¡Maldición! Se había olvidado de descolgar el aparato. Se levantó rezongando del sofá. Aún eran las cinco de la tarde y la luz se filtraba tenuemente por las persianas de su apartamento. Levantó el auricular.</p>
<p>—¡Felicidades, hermano! —la voz sonó alarmada.</p>
<p>—¿Sara? Eh, gracias.</p>
<p>—¿Qué hacías? —preguntó Sarah con un tono de urgencia.</p>
<p>—Leer.</p>
<p>—Tienes que venir. Inmediatamente.</p>
<p>Albert iba a protestar. Pero Sara ya había colgado. Pensó en llamarla otra vez, pero algo le decía que su hermana no iba a tratar el asunto por teléfono. Aún era pronto. Si se daba prisa, podría ver a su hermana y todavía tendría tiempo de ducharse y afeitarse antes de su cita de las nueve. Con esta idea salió de casa.</p>
<p>Sara vivía en un chaletito al otro lado de la colina. Albert decidió coger el autobús para llegar hasta allí. Quería que su coche estuviera impecable para la noche y si chispeaba se iba a echar a perder el efecto brillo. Durante el trayecto fue dejándose ir en ensoñaciones. Iba a cenar con Lauren. Iba a ser el mejor cumpleaños de su vida. Por fin ella había tomado la iniciativa. Después de tantos meses preparando el terreno. Con ella había que ir despacio, ya lo sabía. Pero la última vez, cuando ella le había preguntado si le gustaría ir a cenar para celebrar su cumpleaños, él había visto ese inequívoco brillo en los ojos.  Y el hoyuelo de su mejilla izquierda se había manifestado. Y esa era sin duda la señal de que los planetas se habían alineado. Por fin.</p>
<p>Llamó al timbre de casa de Sara. Scottie, el yorkshire, ladraba tras la puerta. Sara abrió y después de mirar a ambos lados de la calle, atrajo a Albert de un tirón. Albert recompuso la forma de su chaqueta. Sara le pidió que le siguiera hasta el salón. Albert tropezó con una pipeta de laboratorio. Sara habría estado trabajando en casa. Albert se sentó en el sofá con Scottie lamiéndole los zapatos.</p>
<p>—Bueno, ¿qué pasa? —Albert quería ir al grano. El suspense le disgustaba—. ¿Algún problema en el laboratorio?</p>
<p>—¿Por qué? —Sarah, que estaba sirviendo un refresco. Se detuvo en seco.</p>
<p>—¿Cómo que por qué…? Quiero decir que a qué viene tanta urgencia. ¿Ha pasado algo?</p>
<p>Sara se acercó y le ofreció un vaso:</p>
<p>—Feliz cumpleaños.  —Y sin embargo su cara seguía demostrando demasiada prudencia. Albert tomó el vaso y lo dejó a un lado. Cogió a su hermana de la muñeca y le pidió que se sentara.</p>
<p>—Dime que sólo me has llamado para felicitarme y ofrecerme un Trinaranjus. Estoy un poco nervioso aún. Dentro de un rato, ya lo sabes, he quedado con Lauren.</p>
<p>Sara sonrió nerviosamente, y eso, bien lo sabía su hermano, significaba que tenía que contarle algo serio. Sara se levantó y se giró de forma enérgica.</p>
<p>—Está bien. Ha pasado algo. Pero dime que no te vas a enfadar, ¿de acuerdo?</p>
<p>Albert miró con creciente ansiedad.</p>
<p>—Se trata de Lauren.</p>
<p>—¿Le ha pasado algo? Albert saltó como un resorte.</p>
<p>—Sí. Bueno, no. Nada grave… creo&#8230; reversible… espero.</p>
<p>Albert se dejó caer en el sofá. La idea de que a Lauren le hubiera sucedido algo era insufrible. Y justo esa noche. Miró a su hermana. Ella se acercó.</p>
<p>—Albert, Lauren está bien. No te asustes. —Albert respiró, pero aún así aquello le recordaba a las conversaciones de las películas.</p>
<p>—Y ahora me vas a decir que no está muerta, pero que está en una silla de ruedas. O ciega. O mutilada.</p>
<p>—Por favor, Albert, qué melodramático —protestó Sara—. Está perfectamente y con todos sus miembros. Lo que ha pasado es que… bueno que esta noche estará enamorada de mí.</p>
<p>—¿Cómo? —Albert se sentía más aliviado. Incluso empezó a rascarle una oreja a Scottie—. ¿Qué quieres decir?, ¿de qué hablas?</p>
<p>Y entonces Sara respiró profundamente.</p>
<p>—No me interrumpas, ¿vale?</p>
<p>Albert asintió.</p>
<p>—De acuerdo. No había manera de encontrar un regalo para ti. Y parecías tan deprimido. Yo quería darte una sorpresa, encontrar algo que te gustara de verdad. Entonces me dijiste que lo único que querías era a Lauren. Y de ahí no había manera de sacarte. Y yo pensé que en eso no podía ayudarte. O tal vez sí, me dije. Había leído en un artículo de ciertos experimentos para fomentar la atracción. Se han probado en simios con mucho éxito, ¿sabes? Bueno, pues lo hice. Un filtro amoroso. Se trataba de un simple cóctel de feromonas y otras sustancias con conservantes, algo de colorante y edulcorante, claro.</p>
<p>Albert rascaba a Scottie compulsivamente.</p>
<p>—Sigue.</p>
<p>—Bien. Pues mi intención, te lo juro, era dártelo hoy para que se lo administraras de algún modo a  Lauren. Eso iba a asegurar que la noche fuera un éxito. Ya sé que puede sonar mal. Te aseguro que ella no haría nada que no quisiera. Es sólo un potenciador de su propio apetito.</p>
<p>—Sigue —Scottie empezaba a gruñir.</p>
<p>—Todo estaba listo, pero la fatalidad quiso que Lauren se pasar por aquí a mediodía. Quería que le prestara unos zapatos. Y yo tenía el mejunje aquí, en el comedor. Pensaba en cómo envasarlo. Y la verdad es que me había quedado muy apetitoso. Y de un color naranja, muy de zumo californiano. Entonces, nada, cuando volví con los zapatos, Lauren le había pegado un buen trago. Yo no sabía que le encantaba el zumo. Y antes de que pudiera detenerla, se lo había bebido. Todo. Venía con sed, me dijo.</p>
<p>—¿Y qué paso? —Albert seguía aferrado a Scottie, que empezó a mordisquearle la mano en legítima defensa.</p>
<p>—Pues al parecer, ahora lo sabemos, el efecto se produce sobre la primera persona que hueles, por las feromonas, ¿sabes? Y esa persona… pues fui yo. Entonces Lauren, la verdad, es que se puso muy afectuosa conmigo. No es nada tímida, ¿sabes?</p>
<p>—No, no lo sé. —Scottie por fin se había zafado—. Cuéntamelo tú.</p>
<p>—Bueno, nada. Pues eso, quiso seducirme. Yo le dije que no podía ser. Que ella estaba confundida por el zumo. Pero fue muy, muy insistente y no pude evitar que me besara… apasionadamente, debo decir. Besa muy bien, Lauren.</p>
<p>Albert se lanzó al suelo, se llevó las manos a la cara y profirió un grito.</p>
<p>—¿Es que no podías regalarme una corbata como todo el mundo?</p>
<p>Sara corrió a consolarle. No debía temer. Había sido una imprudente, pero todo pasaría. Simplemente habría que esperar unas horas y Lauren volvería a estar como siempre. Sara le aconsejó que retrasara la celebración, pero Albert se negó. Estaba dispuesto a pasar la noche de su cumpleaños con Lauren. Y ninguna poción podría más que su deseo.</p>
<p>Así que se despidió de su hermana advirtiéndole de que estaría algún tiempo cabreado. Trató de olvidar todo lo que su Sara le había dicho. Volvió a su casa y prosiguió con sus preparativos. Se duchó, se afeitó y se puso su perfume favorito. Se miró al espejo. Estaba irresistible.</p>
<p>Se encontró con Lauren a la hora convenida. Estaba espectacular. Ella le hizo un cumplido sobre su camisa. Albert se sentía feliz, a pesar de todo. Prefirió no sacar a su hermana en la conversación. Lauren parecía contenta, relajada y de algún modo más abierta con él. La cena fue a pedir de boca. Lauren pidió un postre especial para Albert. Él pidió un deseo: Lauren, Lauren y más Lauren. Salieron del restaurante y subieron al coche. Albert quería ir a una sala de fiestas en la parte alta de la ciudad.</p>
<p>—Quisiera hacer una parada antes, si no te importa —dijo ella.</p>
<p>—Sí, claro, ¿de qué se trata?</p>
<p>—Quiero pasar por casa de tu hermana.</p>
<p>Albert dio un frenazo.</p>
<p>—Es sólo un momento. No hace falta que bajes del coche. No tardaré —insistió Lauren—. Es que no paro de pensar en lo… amable que ha sido esta tarde. Quiero darle las gracias por los… zapatos que me ha prestado. Quizás quiera venir a bailar con nosotros, ¿no te importa no?</p>
<p>Lauren sonrió. Y al hacerlo en su mejilla izquierda se formó el fantástico hoyuelo: redondo, perfecto, como una luna llena. Y Albert supo con certeza que esa noche los planetas no se alinearían para él.</p>
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		<title>DAY #28.- MARINA</title>
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		<pubDate>Mon, 28 May 2012 21:04:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marta</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Miró su único guante mientras echaba a andar. Por el camino contó los dedos, por distraer su nerviosismo. Estaba sentenciado. No podía pensar en otra cosa. Ya todo era una cuenta atrás. Desde que le había lanzado el otro par &#8230; <a href="http://storyaday.org/loverpool/2012/05/28/day-28-marina/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Miró su único guante mientras echaba a andar. Por el camino contó los dedos, por distraer su nerviosismo. Estaba sentenciado. No podía pensar en otra cosa. Ya todo era una cuenta atrás. Desde que le había lanzado el otro par a aquél francés. ¿Pero qué otra cosa podía hacer? Él había hecho esa horrible insinuación sobre su mujer. Había manchado su honor. No cabía otra respuesta. Llegó a su casa. Marina no estaba. Le había dejado una nota “Estoy en casa de los Bolkonski. Dan un recital. Llegaré tarde”. Se preparó algo de cenar. Los Bolkonski. Hacía tiempo que no los veía. Llevaba muchos meses entregado a su novela. No tenía tiempo para vida social. Estaba preparando la que sería su gran obra. Estaba seguro. Se trataba de un estudio de la sociedad de su época escrita en clave de tratado de entomología. Llevaba ya mil doscientas páginas. Iba a dar mucho de qué hablar estaba seguro. Era un deber para con su país.  Los Bolkonski… removió la sopa sin mucho ánimo. Marina los veía mucho. Era normal, puesto que él nunca estaba disponible. Siempre escribiendo. Habían retomado el contacto haría cosa de dos meses. Teatros, bailes, ópera… Marina disfrutaba mucho con ellos. Era una suerte que hubieran vuelto del Cáucaso. Recordó al francés. Las imágenes cruzaban su mente, asediándolo sin su permiso. “Marina se divierte mucho por las noches. No echa de menos a su marido”. Eso había dicho él. Pero lo había dicho con esa voz y con esa mirada tan sucia. Por más que él le hubiera presionado el francés no dijo nada. ¿De quién hablaba?, ¿a quién se refería? Después había venido la algarada y los golpes y los hombres separándoles. Y él había pedido que le soltaran, asegurando estar más calmado. Entonces había lanzado el guante. Miró por la ventana. Empezaba a nevar. Sería un invierno frío. Se preguntó si Marina volvería pronto y si se habría llevado su capa de abrigo. A ella no le gustaba llevarla. Le parecía poco femenina “es como vestir un saco”; y cuántas veces se quejaba de que el clima le impidiera lucir sus vestidos. Se preguntó si vería acabar la época de las nieves. Al alba estaría  muerto. Con toda probabilidad. Misha, su fiel amigo así lo había vaticinado: “Eres un inconsciente, Sura. Ese hombre es un oficial. Has cavado tu tumba”. No se había molestado negarlo. Sabía que era verdad. Subió al estudio. Encendió un quinqué y comenzó a escribir. Tenía mucho que corregir. Y abordar la muerte de su personaje principal. Entonces sintió una honda pena. Si moría en el duelo, nunca vería acabada la novela. Quedaría inconclusa, suspendida para siempre. Y en esta orfandad, sin embargo, tenía el consuelo de saber que su obra le esperaría toda la eternidad y más allá. Nadie más podría escribirla. Nadie la profanaría. Y sus almas volverían a encontrarse. Pero, Marina… era aterrador pensar en no volver a ver a Marina. Marina la de los ojos verdes. La mujer más hermosa de la ciudad. Su amor, su vida. Ella no le esperaría. No siempre. Le lloraría, seguro, pero Marina era una mujer nacida para reír. De su garganta brotaba la risa siempre clara y franca. Estaba hecha de pasión. Necesitaba vivir intensamente del mismo modo que necesitaba respirar. “Tú puedes vivir en tus libros” le reprochaba ella a veces. Y él se lo había tomado a broma. Pero ahora comprendía que la angustia de ella era real y su necesidad apremiante. Ojalá los Bolkonski sirvieran para apagar su sed. Servirían una temporada. Aunque ella siempre querría más. Nadie podría saciarla jamás. Dejó la pluma y se levantó. La nieve caía con una cadencia fúnebre. El duelo sería al amanecer. No iban a esperar más. El francés tenía que volver a su regimiento. El fiel Misha elegiría las pistolas. Esperaba que Marina volviera a tiempo. Así podrían despedirse. Estaba seguro de que ella intentaría disuadirle, pero la decisión estaba tomada. Marina la de los ojos verdes. Su amor, su vida y también su muerte. Y se dio cuenta de que los nervios estaban dando paso a una calma que se posaba lentamente sobre él, blanca, magnífica, hasta envolverlo por completo.</p>
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		<title>DAY#27.- EL CUARTO DEL EMBAJADOR</title>
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		<pubDate>Sun, 27 May 2012 21:36:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marta</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Yo era la hábil conversadora, pero también la  de las manos finas. Y, sin embargo, necesitaba que alguien entretuviera al embajador. Era la primera vez que no podía hacerlo yo todo.  Y así había quedado con Armenia. Ella tenía la &#8230; <a href="http://storyaday.org/loverpool/2012/05/27/day27-el-cuarto-del-embajador/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Yo era la hábil conversadora, pero también la  de las manos finas. Y, sin embargo, necesitaba que alguien entretuviera al embajador. Era la primera vez que no podía hacerlo yo todo.  Y así había quedado con Armenia. Ella tenía la belleza. Y sería mi cómplice.</p>
<p>—¿Tú quieres un collar de diamantes a medias?</p>
<p>—Claro. Podría hacerme una pulsera.</p>
<p>—Pues tienes que darle palique al viejo. Hay que impedir que suba al cuarto. Eso es todo.</p>
<p>Después le expliqué que no me refería al cuarto piso, sino al vestidor del embajador. Y quedó aclarado nuestro plan. Zanjamos el acuerdo. Lo haríamos en la fiesta en honor de la Duquesa de Sian. Nada podía fallar.</p>
<p>La fiesta reunía las condiciones. Todos estaban charlando en grupitos. A nadie le faltaba una copa en la mano. Los camareros bailaban entre la gente repartiendo canapés y bocaditos de foie. Un cuarteto de violonchelistas amenizaba la reunión. Armenia estaba espléndida. Brillaba y destacaba como un rubí en una playa de arena negra. Se había puesto un vestido con escote al límite de lo legal. Y sin embrago adoptaba un tono ingenuo y al borde de lo recatado que producía un efecto chocante. Una suerte de “se mira pero no se toca” que la hacía irresistible. Me alegré de haberme asociado con ella. El embajador se iba a volver loco con ella.</p>
<p>En un apropiado momento de descuido me deslicé escaleras arriba y me metí en el vestidor del embajador. Allí, según lo previsto, estaba la caja fuerte. Un hermoso cajetín de acero que en su interior guardaba un corazón diamantino. Un volante en la parte externa era la última puerta de acceso al tesoro. Sólo tenía que desbloquearla. Era cuestión de tiempo.</p>
<p>Si arriba todo iba según lo previsto, en el piso de abajo es donde se produjeron las sorpresas, aunque de todo esto me enteraría yo más tarde. Al parecer, el embajador salió de la fiesta a toda prisa para cubrir una urgencia diplomática. Una isla diminuta había afrentado al país con unas insulares y atrevidas pretensiones independentistas. La cosa estaba fea y los isleños no habían tenido la decencia de respetar el día festivo. El embajador se disculpó. Nobleza obligaba. En su lugar, se quedaría de anfitriona su fiel secretaria la señorita Ruder. Armenia suspiró. Así que esa era la fiel guardiana de los diamantes. Pero la señorita Ruder no era un objetivo ni mucho menos asimilable al embajador. Era una mujer diminuta con gafas oscuras  y actitud marcial. Armenia se dijo que no le importaba seducir a una mujer. Un collar de diamantes bien valía el intento. Entonces se fijó en el largo bastón blanco en el cual se apoyaba la mujer. Era ciega. “Y dicen que puede leer la mente de cualquiera. Es más lista que el hambre. Eso sí, tiene un geniazo”, apuntó una invitada curiosa que se había sumado al escrutinio de la secretaria. Armenia deseó que eso no fuera cierto, especialmente la primera parte. No obstante, se tomó su misión muy en serio. Desde el primer minuto mantuvo su vista fija en la señorita Ruder. Ayudaba el hecho de que ella no pudiera advertirlo. La mujer tenía una actitud de alerta constante. No parecía disfrutar de la fiesta. Se dedicaba a pescar canapés al vuelo y luego desecharlos. Armenia vio su oportunidad. “¿Qué le apetecería tomar?” preguntó. “Me muero por un trozo de chocolate. Estoy harta de caviar”. Armenia captó el mensaje y se encargo de proveerse rápidamente de chocolate. Unos bombones surtidos funcionaron… mientras duraron. Armenia intentó captar la atención de la Ruder con comentarios casuales sobre el tiempo  alocado y los formales invitados. “Escuche joven, no se ofenda, pero no tengo ganas de hablar. Estoy aquí por deber. Sea buena y no me haga la noche más insufrible”.  Armenia palideció, pero no se vino abajo. Sólo tenía que vigilar a la mujer. Entonces se dio cuenta de la señorita Ruder, que tenía unas orejas puntiagudas y lobunas, inclinaba la cabeza de tanto en tanto. Parecía como si hiciera esfuerzos por escuchar algo, aunque nadie le hablaba en realidad. Era una mujer bien extraña. Y entonces miró hacia el techo. La habitación prohibida, el cuarto del embajador, quedaba en ese rincón. Justo encima. “¿Qué le sucede, Señorita Ruder?, ¿está usted bien?”. La Ruder husmeó al aire. “Escucho algo. En el cuarto del embajador. Hay alguien”. Y se lanzó hacia las escaleras abriéndose paso con su bastón. Armenia debió de ver la batalla perdida, porque salió tras ella y la cogió del diminuto brazo. La Ruder se giró confundida, pero se repuso en el acto. Le enseñó los también diminutos colmillos y lanzó un enorme gruñido. “¡Suélteme!”, ordenó. Armenia tuvo que improvisar “¿Es verdad que usted lee el pensamiento?”. La Ruder continuó avanzando y Armenia insistió. “¡No la creo! Es usted una impostora”. La señorita Ruder se detuvo y cejó en el intento de trepar por las escaleras. Miró hacia atrás y su aspecto era feroz. No le gustaba el desafío. “¡Ninguna pilingui sobreperfumada me va a poner en evidencia!”, bramó. Armenia no se dio por aludida y continuó interpretando su papel de incrédula. La señorita Ruder le dijo con cierto retintín que dudaba poder leer el pensamiento a alguien que no tuviera capacidad de pensar y Armenia dijo que eso sólo confirmaba que no podía hacerlo. La Ruder estaba fuera de sí. Los invitados se acercaron atraídos por el jaleo. La señorita Ruder ya estaba agarrada al brazo de Armenia dispuesta a leerle la mente. Armenia se asustó un poco. La Ruder parecía inmersa en un trance. Le faltaba poco para levitar. “Usted está pensando en… “ y volvió a concentrarse profundamente. Armenia trató de pensar en un elefante rosa. Tenía miedo de que la Ruder tuviera poderes y pudiera leerle la mente. Porque ella en realidad pensaba en… “en una mujer con chaqueta negra y pajarita roja metiéndose un collar de diamantes en el bolsillo”.  Entonces la Ruder volvió en sí como si la hubieran abofeteado. Y gritó que había un ladrón en la casa. Subió corriendo las escaleras, seguida de algunos invitados.</p>
<p>Pero no encontraron a nadie. Afortunadamente, la caja fuerte había cedido unos minutos antes y yo había podido desaparecer de allí con la misma discreción con la que había hecho acto de presencia. Se armó un tremendo revuelo. Los diamantes no estaban. Se había cometido un robo, y de los gordos, pero no había a nadie a quien culpar. Las pruebas de la señorita Ruder eran difíciles de contrastar. Armenia siguió insistiendo en que ella pensaba en un elefante rosa. La señorita Ruder tuvo que desplazarse a la comisaría pues aún quedaba por dilucidar si era sospechosa o testigo telepática. En cualquier caso debía declarar. Armenia no pudo ser retenida.</p>
<p>Nos encontramos, según lo convenido, en un bingo a seis manzanas de la casa del embajador. Armenia me contó toda la historia mientras jugábamos unos cartones. El collar refulgía en la mesa. Sería un buen reparto. Armenia lanzó una carcajada. Me estiró de la corbata “Creía que llevabas pajarita”. Y siguió riendo un buen rato.</p>
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		<title>DAY#26.- QUIEN TÚ YA SABES</title>
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		<pubDate>Sat, 26 May 2012 16:33:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marta</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Escúchame y no me interrumpas, por favor. Tengo que contarte esto antes de que la arpía venga otra vez aquí. Nunca me deja en paz. Se ha ido un rato a no sé qué. Seguro que a sacarle brillo a &#8230; <a href="http://storyaday.org/loverpool/2012/05/26/day26-quien-tu-ya-sabes/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Escúchame y no me interrumpas, por favor. Tengo que contarte esto antes de que la arpía venga otra vez aquí. Nunca me deja en paz. Se ha ido un rato a no sé qué. Seguro que a sacarle brillo a los boliches de la cama de <em>quien tú ya sabes</em>. No te imaginas lo que me ha hecho esta vez. Es que es muy fuerte. Vas a alucinar. Resulta que había una fiesta de disfraces aquí, te lo dije, ¿no? Ya sabes lo poco que me gustan a mí esas fiestas. Y los disfraces, ¡qué horror! Eso no se lleva, ¿no? Bueno, no me apetecía nada. Pero va y la arpía me dice que es una súper tradición por aquí. Que todo el mundo lo hace y que <em>quién tú ya sabes</em> daba unas fiestas estupendas y que todo el mundo hablaba de ellas. Entonces, ¿qué podía hacer yo? Porque, a todo esto, no creas que esto me lo dijo en plan normal, no. Se quedó ahí, como quien no quiere la cosa, las palabras cayéndole de la boca, que me habla entre dientes mientras pasa el plumero o pone algún jarrón en su sitio. No me mira a la cara nunca. O sí, me mira después de decirme alguna cosa horrible. En plan quiero disfrutar del planchazo que te he pegado. Y no sabes la cara qué tiene. Nunca la has visto, ¿no? No sé si te envié una foto. Espera, es que tenía una por aquí en la que salía tal cual es ella: fea, con los ojos pequeños de bicha y los labios finos y siempre está muy erguida, como estirando mucho el cuello. A ver si la encuentro… Siempre va de negro y con esas faldas largas que yo no sé dónde se las comprará que son una mezcla de hábito de monja y uniforme de institutriz. Y luego se me planta una trenza laaarga, laaaarga y se hace un recogido con toda la trenza enrollada. Muy antiguo. Mira que no la encuentro. Ya te la pasaré. Bueno, la cosa es que al final me decidí a hacer la fiesta. Me dije, por mis ovarios que la hago. Y me costó un montón convencer a Marx, porque él están aún en plan de luto total por <em>quien tú ya sabes</em>. Pero yo estaba tan ilusionada que al final él se animó y me dijo que adelante. Entonces, me estuve estrujando los sesos un montón para pensarme un buen disfraz… no sé, enfermera picarona, bombera ardiente, perra sado maso…, que nooo, que es broma. Pero quería algo que le gustara a Max, que por lo menos alegrara la vista. Ya sabes lo triste que está. Y se me ocurrió la idea de disfrazarme de Iphone, ¿no te parece genial? Con auriculares y el cuerpo de teléfono con todos los detalles y que se me vieran las piernas también. Y ya estaba a punto de encargármelo, porque, claro, me lo iba a hacer a medida, que por dinero no será, ya lo sabes. Pero la arpía, y no sé por qué se me ocurrió contárselo… ah, ya sé por qué, pues porque a veces me viene con cara de buenecita y yo nunca aprendo, caigo una y otra vez, sabes que soy una inocente. Y vino toda mansa, como queriéndose hacer amiga mía. Y me preguntó que qué disfraz había pensado. Y se lo dije y ella dijo que le parecía muy inapropiado porque iba a venir mucha gente y son un poco clásicos, vamos de los que prefieren que te disfraces de dama de las camelias o de reina Ginebra. La verdad es que la hermana de Max venía y sus amigos y ellos llevan otro rollo más clasicón. Ya sabes que yo soy la más joven en treinta kilómetros a la redonda. Entonces pensé que, por una vez, tenía razón. Ella me dijo que iba a desentonar mucho disfrazada de teléfono, de teléfono dijo. Pero bueno, me convenció. Y se me había echado el tiempo encima y no tenía tiempo para reaccionar. Y ya me veía absurda de Iphone, porque claro si te juntas con un grupo de analógicos, ya sabes lo que pasa. No te pillan nada. Y entonces me dijo, y esto me lo dijo en el corredor que da a las escaleras&#8230; va y me dice, mirando un cuadro en el que sale una tatarabuela o algo de Max… uyyy, con esa voz de falsa que pone ella… uyy, mira, Caroline de Winter, qué elegante.  Y la verdad es que la mujer era elegante… me dice… qué te parece si te vistes así, de época, siguiendo exactamente este cuadro. Y al principio me espanté un poco, pero luego estuve mirando el cuadro y el vestido de la abuela era precioso. Cuando digo abuela no te imagines a una abuela, era ella de joven y tenía un aire muy distinguido y el vestido era blanco con volantes y una pamela de esas tipo boda bien. Bueno, la gracia estaba, según la arpía, en copiarlo hasta el último detalle, pues eso iba a ser algo muy “in”, que todos, que en esta zona son muy de libros, iban a quedarse pasmados con mi referencia a este cuadro. Y yo pensé que a veces soy muy burra porque no se me ocurren cosas así de finas. Y de solo pensar en la cara de orgullo que pondría Max al ver que yo había tenido esos pensamientos tan, no sé, tan elaborados. Y su hermana, que a veces me mira como si yo fuera un poco tonta, al menos comparada con quien tú ya sabes. Bueno, que me vine arriba y me entusiasmé con la idea. Y le di las gracias a la arpía. Por fin pensaba que me quería ayudar y que no era tan chunga. Pues, ¡ja! Quedé así, me copié el cuadro detalle a detalle. Y yo estaba guapísima, de eso sí tengo alguna foto. Ya te lo enseñaré. Estaba de cuento. Y estuve toda la tarde preparándome y peinándome, porque el peinado también tenía que coincidir. Y más nerviosa que una novia. Y los invitados fueron llegando y la arpía se ocupó de ellos y me animó a que bajara cuando ya estuvieran todos, que los impactaría. La verdad es que me había currado la fiesta lo que no está escrito. Y los oía ya a todos allí abajo con las bebidas. Y bajo, con una dignidad que no te imaginas, sintiéndome la reina de Inglaterra, lo menos. Y veo a Max, que estaba allí con un parche en el ojo que no sé de quién iba, pero muy guapo. Y se oye un rumor así “uoooooh” y yo toda pagada y de pronto, empiezo a fijarme en que todos están poniendo caras muy raras, la hermana de Max me dio la espalda, la otra se cubría con el abanico, como si yo echara rayos reflectantes o algo y Max… Max tenía una cara de avinagrado que ni en un funeral. Y entonces me acerco ya un poco mosca, no entendía a qué venían esos caretos y él me agarra del brazo súper fuerte y me dice que ya me  estoy cambiando. Y yo le pregunto que qué pasa, que me he disfrazado de su abuela Caroline, que a lo mejor no lo pillan y él va y me suelta, agárrate porque te vas quedar muerta, me dice que había tenido muy mal gusto, que ese fue el disfraz que llevó <em>quién tú ya sabes</em> el año pasado cuando aún estaba viva, justo antes de&#8230;  ¿Qué te parece? Y ahí estaba yo entonces copiando el disfraz de <em>quien tú ya sabes</em> y recordándoles a todos su presencia. Bueno, me quería morir. Literalmente. Ahí. Flash. Muerta. Subí corriendo a cambiarme. Con un berrinche, porque la había fastidiado. Y había quedado como una imbécil redomada. Y entonces me acordé de la arpía, qué guaaarrra. Ella me recomendó el disfraz. A propósito, ¿lo pillas? para ponerme en evidencia, ¿te das cuenta? Es que hay que ser pécora y víbora y de todo. ¿Te lo puedes creer? Ahora, una cosa te digo, yo no vuelvo a picar con ella. Quiere la guerra tendrá la guerra. La voy a poner en su sitio. Mira, yo a buenas muy buena, pero a malas… Voy a hacer que la facturen de aquí. O ella o yo. Espera, espera, que oigo unos tacones. Seguro que es ella que ya se ha cansado de oler las toallas de <em>quien tú ya sabes</em>. Tengo que colgar. Ya te llamaré. Hablamos. Un beso.</p>
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		<title>DAY#25.- SU MEDIA NARANJA</title>
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		<pubDate>Fri, 25 May 2012 21:20:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marta</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Joana Q. salió de su casa con un cometido un tanto curioso. Y todo por alcahueta. Hacía unos meses, ella le había prometido a su primo Matt que le ayudaría a encontrar una novia. Matt estaba desesperado. Veía pasar los &#8230; <a href="http://storyaday.org/loverpool/2012/05/25/day25-su-media-naranja/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Joana Q. salió de su casa con un cometido un tanto curioso. Y todo por alcahueta. Hacía unos meses, ella le había prometido a su primo Matt que le ayudaría a encontrar una novia. Matt estaba desesperado. Veía pasar los años y esfumarse sus ilusiones de dar con su media naranja. Y la verdad, no es que fuera muy fácil su objetivo, por mucho que se empeñara Joana. Porque Matt no era ni muy guapo, ni muy alto, ni muy listo, ni siquiera muy simpático. Así lo entendió Joana en el primer análisis en profundidad de las virtudes de su primo. ”Pero siempre invitas a todo, ¿verdad?”. Matt aseguro que por supuesto. Y Joana tuvo que convenir que, aunque no era el mejor de los escenarios, ya era algo a favor. Se propuso desvivirse por ayudar a su primo. El abordaje, y Joana lo tenía claro, sería por Internet. Benditos ordenadores. Enseguida quedó claro que a Matt tampoco le había sido dado el don de la seducción virtual. Así que, sin querer y poco a poco, primero sugiriéndole alguna chica en la página de contactos “pincha en la morena. Es súper mona”; más tarde haciendo alguna observación útil “divertido es con “v”, Matt”, y por último dictándole alguna frase cursi pero efectiva “dile que te encanta hablar con los caballos y peinar sus crines”, así, decimos, poco a poco, Joana se fue convirtiendo en la Cyrana de su primo. Joana se transformó en Matt. Pero no en un Matt cualquiera, no. Matt leía a Virgilio por las noches, tocaba la guitarra eléctrica, detestaba el fútbol, amaba la poesía en verso libre y, por supuesto, hablaba con los caballos. Joana se preocupó de añadir un fino sentido del humor, un toque viril aquí y allá. Y la mezcla fue explosiva. Matt causaba estragos por la red. Por supuesto, a Joana no se le escapaba que el objetivo último era pasar a una relación tangible y disfrutable por su primo. Pero no veía inconveniente en su proceder. “Lo más importante es echar el anzuelo y que piquen cuantas más mejor”. Cuando su primo manifestaba su temor, con absoluto fundamento, de no ser el Matt que ellas esperaban, Joana le tranquilizaba “Todo el mundo acaba siendo más bajito de lo que esperas. Es absolutamente normal”.</p>
<p>Y así llegó el día de la cita con la candidata preferida: Eva. La chica en cuestión era inteligente, salerosa y muy atractiva (y no necesariamente por ese orden). Se había desplazado hasta la ciudad desde el norte del país. Un total de ochocientos kilómetros que daría por buenos si Matt estaba a la altura. Matt palideció, no sólo por su temor de ser más bajito de lo esperado, sino porque, la noche anterior a la llegada de Eva, cayó aquejado de una severa gripe que lo dejó postrado en la cama y al borde del delirio. No hubo tiempo de avisar a Eva del cambio de planes y a Joana le tocó la tarea de comunicarle lo sucedido y dejar a Matt en el mejor lugar posible. Sí. Tenía que ir a la cita en su lugar.</p>
<p>Habían quedado en una heladería. Joana ya sabía que Eva adoraba las heladerías porque le traían los mejores recuerdos de la infancia. En realidad, sabía muchas cosas de ella. Cuando vio a Eva se llevó una muy buena impresión. Eva era guapísima. “Caray, ¡qué buen gusto tiene mi primo!” y se tuvo que corregir “¡Qué buen gusto tengo yo!”. Porque ella la había elegido al fin y al cabo. Combinado sus ojos verdes y sus labios carnosos con el gusto por la lectura y los paseos por la playa, un vocabulario cuidado y unas gotitas de sutil ironía. Y el resultado  no defraudaba en absoluto. Eva era todo lo que Matt podía desear. Todo lo que cualquiera podía desear. Joana se presentó y le explicó a las claras lo que había pasado con Matt. Ella se sintió decepcionada, pues su deseo de conocerle era muy grande y no había previsto ese contratiempo.  Insistió en ir a visitar a Matt. No importaba que estuviera enfermo. Al menos lo saludaría y le daría ánimos para recobrarse. De  todos modos le pareció genial la idea de tomarse un helado con Joana, ya que estaban allí. La tarde fue redonda. El Banana Split con chocolate fue testigo de cómo las dos chicas congeniaron en el acto. Joana se sentía maravillada por Eva. Se decía que, de haberle gustado las mujeres, le gustarían sin duda como ella. Era sexy… ¡Y tan divertida! Eva, por su parte, también parecía muy a gusto con ella. Joana, no dejaba de asombrarse cada segundo por la cantidad de cosas que tenían en común las dos. Hacía mucho que alguien no le causaba una impresión tan honda. Era como si se conocieran desde siempre. “Matt, ah, sí…”-se oyó decir  rompiendo el hechizo- “hay que ir a ver a Matt”.</p>
<p>Matt estaba muy desmejorado y apenas podía decir nada, pues se encontraba embotado por la fiebre. Eva tuvo que llevar el peso de la conversación. Y lo hizo, a juico de Joana, con total acierto. ¿No era encantador el hoyuelo que se le formaba en la mejilla? ¿Y cuándo hablaba de Faulkner y en la misma frase era capaz de combinar perspicacia y campechanía? ¿No era absolutamente adorable? Por no hablar de esas poses entre estudiadas y casuales. No era de extrañar que su primo estuviera prendado de aquella chica, que hubiera sido amor a la primera vista. Era la perfección hecha carne.</p>
<p>Pasada una hora de jovial charla en la que Matt solo pudo asentir algunas veces y toser otras, Eva se excusó. Tenía que hacer una llamada, así que los primos se quedaron solos unos instantes. Matt le pidió a Joana que se acercara. “Ufff, menos mal que se ha ido. Es muy pesada, ¿no? Me está poniendo la cabeza como un bombo”. Joana se quedó pasmada. Su primo debía de estar seriamente afectado por la fiebre. ¿Cómo podía decir que Eva era pesada? “Y, no está mal, pero viste muy remilgada. Me gustan más pechugonas”. Joana montó en cólera. ¿Cómo podía decir eso? Estaba más que claro que era su media naranja. Ya habían quedado en que él prefería una belleza contenida, una mirada interesante antes que dos tetas XL. Y también estaba claro que Matt buscaba una mujer inteligente y con cultura. Pero Matt, entre gemidos por el dolor de cabeza, le pidió que se callara y le dejó claro que Eva no era su tipo en absoluto. Por él, podía volverse a su casa en el primer autobús.</p>
<p>Eva regresó y los primos  disimularon su impresión. No tanto Matt que optó por dormirse profundamente desentendiéndose de la visita. Finalmente, las dos chicas se despidieron y dejaron a Matt con su gripe. Eva se volvía esa misma noche a su ciudad. Joana trató de convencerla para que se quedara a cenar. Anhelaba su compañía. Aunque sabía que ya no tenía ningún objeto. El paso siguiente sería cortar por Internet. Eso quería su primo, ¿Tal vez podía confesarle que ella era Matt?, ¿qué opinaría Eva?, ¿le importaría? Pero Eva rehusó quedarse a cenar. Joana le parecía muy amable, pero si no estaba Matt, ¿qué sentido tenía? Volvería otro fin de semana. El próximo si podía ser. Se moría de ganas. Y es que Matt le había parecido increíblemente modesto. Con todo lo que sabía y se negaba a alardear. Sabía cuándo callar. No era muy guapo, pero eso le añadía un aire interesante y diferente. Por no hablar de su aire vulnerable y no obstante masculino. Le gustaba sin duda. Mucho. Se metió en el coche y se despidió de Joana. Tal vez volvieran a encontrarse. Le había hecho muy amena la visita. Se lo contaría todo a Matt en cuanto tuviera ocasión. Y así siguió un buen rato. Matt esto, Matt lo otro. Joana sintió una vaharada de celos verdes del tono más intenso que se pueda concebir ascender hacia ella y envolverla por completo. Tenía ganas de gritar. ¿No entendía que Matt era un simple de remate con o sin gripe? ¿No sabía que todo lo que le gustaba de él  no era sino su creación? Eva ya se alejaba. Y Joana no pudo reprimirse. Sintió un deseo intenso de reventarle la burbuja. “Es mentira que le guste hablar con los caballos y peinarles las crines”, dijo.  Eva entornó los ojos como calibrando el contenido del mensaje. “Bueno”, repuso al momento con esa sonrisa perfecta “en realidad eso me parecía una cursilada absoluta”. Metió primera y miró a Joana “¿A ti no?”. Y allí,  envuelta esta vez por el humo del tubo de escape y mientras Eva se alejaba definitivamente, Joana tuvo que admitir que, oh, sorpresa, también estaba de acuerdo con eso.</p>
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		<title>DAY #24.- EL TÚNEL DEL TERROR</title>
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		<pubDate>Thu, 24 May 2012 19:50:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marta</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Leonor apresuró el paso. No sabía por qué se había puesto el abrigo de piel. No hacía frío y ahora parecía totalmente inapropiado. Había elegido muy mal. Allí estaba ella en aquel mugriento parque de atracciones con su abrigo, sus tacones, su pañuelo sobre el pelo y las gafas de sol. Afortunadamente, la gente parecía del todo abstraída en sus pensamientos, con sus algodones de azúcar y sus manzanas caramelizadas. De lo contrario, no imaginaba cómo iba a cumplir su propósito de no llamar la atención. Pero lo importante era que ya estaba allí. El sitio era muy vulgar. Recordaba que era lo primero que había pensado hacía dos noches, cuando había descolgado el teléfono de la cocina para llamar a su hermana. Quería preguntarle cómo hacía aquellas empanadillas argentinas tan buenas. Entonces se dio cuenta de que Richard estaba hablando y tuvo el impulso de colgar, pero, cuando ya iba a desprenderse del auricular, oyó la voz cantarina y fresca de aquella mujer. Y siguió escuchando. Rita, que así se llamaba, se dirigía a su marido como Rick. Él, que se mostraba muy afectuoso con ella, la invitó a encontrarse dos días más tarde en el parque de atracciones. Iban a pasarlo bien juntos. La cita quedó fijada a las nueve en la entrada del túnel del terror. Ella le mandó un beso. Colgaron. Los tres.  Leonor siguió preparando la cena: optó por una ensalada en vez de las empanadillas. Conmocionada por lo que acababa de oír, trataba de ordenar sus pensamientos. Las ideas se le agolpaban en la cabeza: Rick (ella odiaba los diminutivos); el parque de atracciones (jamás habían ido juntos a un sitio así); el túnel del terror (eso era lo único que parecía cuadrar son sus sentimientos). Y todo empezó a encajar: los retrasos, las excusas, ese aire distraído que él tenía desde hacía tiempo. Rita era la culpable.</p>
<p>Ya eran las nueve de la noche. Aún no sabía cuál era su propósito al acudir al encuentro de su marido y su amante. Sólo sabía que necesitaba verlos. Necesitaba verla. Tal vez así entendería. Leonor se había arreglado con esmero y se sentía tan nerviosa como si afrontara su primera cita con Richard. Imposible olvidar aquella tarde lluviosa de marzo en que se citaron por vez primera. Habían ido al Museo de Arte Moderno. Richard siempre había sido un diletante que se jactaba de su gusto y de su cultura. Y ella lo admiraba. Pero eso quedaba en esos momentos muy lejos.</p>
<p>Los vio. Estaban de espaldas. Richard apoyaba su mano bronceada en la espalda de ella: una pelirroja de piernas kilométricas y risa floja. No debía de tener más de veinticinco años y atraía las miradas de todos los hombres. Richard se giró de repente y Leonor tuvo los reflejos de esconderse tras una paraeta de golosinas. Para disimular compró un globo. Richard parecía rejuvenecido. Llevaba un par de botones de la camisa desabrochada, cosa que Leonor nunca le permitía. Llevaba distraídamente la chaqueta sobre el brazo, sus ojos brillaban con intensidad. A Leonor le pareció oler su intenso perfume desde la distancia.</p>
<p>La pareja hacía cola para la atracción del túnel del terror. Pasado un par de minutos subieron a uno de los vagones que estaban a punto de partir. Leonor ya los había visto y aún no entendía nada. ¿En qué había fallado? ¿Qué tenía esa mujer que ella no? Rita rió con estruendo. Leonor pensó que semejante risa era una provocación: una invitación a salvajes desenfrenos. Leonor siempre había reído en silencio. Ahora lloraba en silencio. Decidió subir tras ellos en un vagón. No parecía que Rick fuera capaz de fijar su atención en algo que no fuera el escote de su acompañante.</p>
<p>Se sentó tras ellos, parapetada en su atuendo y en su gran globo con forma de caniche rosa.</p>
<p>“Señora, va a pasar un miedo de muerte”, le advirtió el mozo que aseguraba los vagones. Leonor sonrió mustia. No creía que hubiera ya nada capaz de asustarla. Los vagones comenzaron a avanzar por los raíles.</p>
<p>Rita se acercó más a Rick. Le gustaba tenerlo cerca, a pesar del perfume tan fuerte que él llevaba. Ella no quería entrar en el túnel del terror. Ya era bastante miedosa. Pero Rick se había reído de sus temores. Le había parecido un detalle encantador y femenino. Y le había asegurado sacando pecho que con él estaría a salvo. No había podido objetar nada más. Pero Rick no entendía –¿cómo iba a hacerlo?- que lo suyo era algo más que un tonto temor. No podía saber nada de las pesadillas y las visiones. No podía saber nada del doctor Bertrand y de las pastillas. Era pronto para contarle algo así. Giraron una curva y un ruido atronador los envolvió. Todos chillaron. Rita cerro los puños y se clavó las uñas en las palmas. Tenía que aguantar. El doctor Bertrand, que la veía francamente recuperada, le había dado las pautas para esos pequeños episodios: respirar muy despacio, pensar en otra cosa, contar de cien a cero lentamente. ¡Qué idiota el doctor Bertrand¡ ,¡qué sabía él del terror¡ Con su estúpida condescendencia y paternalismo. Rita no podía dejar el éxito de su cita en manos de un truco tonto de relajación. Por eso, y sólo para sentirse más segura, se había llevado su pequeño revólver en el bolso. Con el arma se sentía más tranquila. Le funcionaba.</p>
<p>Se fijó por primera vez en ella cuando pasaron junto a un espejo deformante. Entonces un rayo de luz los cegó y cuando pudo mirar vio a la mujer reflejada y distorsionada. Llevaba un pañuelo en el pelo y gafas oscuras. Rita estaba segura de que los seguía. No podía comentárselo a Rick, ¿qué iba a pensar? Ella bien sabía que su imaginación le jugaba esas pasadas. Desde pequeña había creído que hombres y mujeres desconocidos la acechaban. No la habían podido atrapar, pero aún lo intentaban.</p>
<p>La mujer iba sola en su cochecito y a cada minuto que pasaba a Rita le parecía más y más inquietante. Todos en el túnel del terror chillaban, reían, cuchicheaban, se abrazaban a sus parejas. Pero aquella mujer permanecía quieta, como absorta, con la mirada fija en ellos. Seria, imperturbable. Y con aquel horrible globo en la mano. Rita empezó a sentir escalofríos.  Una bruja surgió de una esquina, con su escoba despeluchada y su maquillaje imperfecto. Rick pegó un pequeño bote que ahogó en una sonrisa infantil. Rita se aferró a su bolso. Quería salir de allí. Miró atrás. Ya no se veía la luz de entrada al túnel y ni soñar con la de salida. Extrañas risotadas estallaban aquí y allá. Rita ya no sabía  si sonaban en su cabeza o fuera de ella.</p>
<p>Leonor no sentía nada. Solamente una ahogada punzada cada vez que Rick pasaba su brazo sobre el hombro de Rita. El ruido era ensordecedor allí dentro. Los sustos se daban a golpe de gramófono y altavoz. Y esas luces horribles. Eran sumamente molestas, menos mal que llevaba las gafas. Leonor necesitaba hablar con Rick. Su deseo se hizo imperioso e irrefrenable. Quería hacerle comprender que estaba cegado por un espejismo de metro setenta y cinco. Pero aún podían arreglarlo. Se incorporó hacia delante, pero era imposible acercarse lo suficiente al vagón delantero. Además, le parecía que Rita estaba muy alerta. Pocas veces miraba a Rick y no había probado ni una sola de las palomitas de azúcar que Rick le ofrecía cada tanto.  Tendría que esperar a salir de allí. A menos que pudiera zafarse de la barrera protectora y acercarse un poco.</p>
<p>Rita sentía que una corriente fría le subía hasta las sienes desde la punta de los pies. Estaba tiritando. Rick le preguntó si tenía frío y ella negó, sin hablar, de manera mecánica. Tenía que salir de allí, pero ya no se veía capaz de levantarse del vagón. Temía caerse desmayada. Sólo podía quedarse quieta agarrada a su bolso, esperando que todo pasara. Necesitaba que le diera el aire. Ni las ruletas vertiginosas, ni los aullidos de lobo le producían ya temor. Nada se comparaba a sus miedos. Todo se iba tiñendo de un aura de irrealidad. Rita logró vencer la rigidez de su cuello y miró hacia atrás. La mujer del globo no estaba. Sintió un vacío en el estómago, como si la hubieran lanzado de golpe por una montaña rusa. Rita le preguntó a Rick dónde estaba la mujer. Pero él no podía oírla entre tanto jaleo. Era imposible gritar. Rita estaba aterrorizada. Decidió cerrar los ojos y permanecer así hasta que salieran del túnel. Hasta que todo acabara. Oyó el ruido de un trueno y le pareció que algo se rasgaba en su interior.  Abrió los ojos. Y la vio. La mujer del globo estaba de pie junto a los raíles y avanzaba hacia ellos con paso firme. Rita chilló y su gritó salió de lo más profundo de su ser. Sacó el revólver y disparó, una vez y otra vez y otra vez. Y la mujer del globo cayó hacia atrás como si fuera un muñequito de una barraca de feria. Quedó allí extendida y el vagón siguió avanzando, alejándose de ella. Unos metros más adelante, salieron al exterior y el vagón se paró.  La gente que iba en la cabeza fue bajando en medio de una gran excitación. Ellos dos permanecían aún sentados. Rita se había quedado congelada en una mueca de terror. Rick, estaba confundido y aún no entendía qué había pasado. ¡Todo había sucedido tan deprisa! Pero, poco a poco y de manera inexorable, los gritos de la gente que aún quedaba en el túnel empezaron a ser de verdadero horror.</p>
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		<title>DAY#23.- SIEMPRE PETUNIA</title>
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		<pubDate>Wed, 23 May 2012 19:14:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marta</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Estaban las tres en el salón comedor de la casa de Enrieta. La madre de Enrie, se asomó a la puerta: “¿Queréis algo más, chicas?”. Las tres contestaron que no, pero, aún así, la señora Nobels dejó una bandeja con &#8230; <a href="http://storyaday.org/loverpool/2012/05/23/day23-siempre-petunia/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Estaban las tres en el salón comedor de la casa de Enrieta. La madre de Enrie, se asomó a la puerta: “¿Queréis algo más, chicas?”. Las tres contestaron que no, pero, aún así, la señora Nobels dejó una bandeja con pastas y tres vasos de colores y volvió a salir. Le parecía que su hija nunca se alimentaba lo bastante.</p>
<p>“Tang!, ¡Nos ha puesto Tang!”, dijo Marie inspeccionando un vaso. “Aún se cree que tenemos doce años” dijo Enrieta y se avergonzó un poco pensando en sus veinticinco cumplidos. “A mí me parece muy cool”, añadió Taylor. Ella podía añadir sofisticación a cualquier bebida. Y lo sabía.</p>
<p>Taylor miró el reloj con impaciencia y Enrieta captó la señal. Se levantó decidida hasta una mesa auxiliar y cogió su portátil. Lo encendió.</p>
<p>“¿Estáis preparadas para ver las fotos?” Enrieta se reprochó el no haber encontrado una frase más original para aquel momento. “¿Tú qué crees?”, contestó Taylor como quien pega un portazo al lado tuyo, pero no quiere que te lo tomes como algo personal. “Venga, venga”, apremió Marie. Lo último que quería era que se enzarzaran con preámbulos tontos. A su juicio, Enrieta y Taylor siempre trataban de demostrar su superioridad la una a la otra. Eran bastante infantiles.</p>
<p>“Las he conseguido porque una amiga mía está etiquetada en la foto”, Enrieta quería que se diesen cuenta de lo valioso que era aquel hallazgo. Quería unas palmaditas en la espalda. Consciente de eso, atrajo hacia sí el portátil unos segundos.</p>
<p>“¿Qué amiga?”, preguntó Marie: quería darle su premio a Enrie y quería saber de qué amiga se trataba. Era abiertamente curiosa. Y no encontraba nada malo en ello.</p>
<p>“¿Qué más da quién sea?”, zanjó Taylor. “¿Nos las vas a enseñar o no?”. Enrieta se rindió, como hacía siempre ante Taylor. Dejó el portátil a la vista y seleccionó un archivo con doble clic. Ante ellas se desplegó la instantánea de tres de mujeres sonrientes posando para la foto. Al parecer estaban de celebración y vestían para la ocasión. La protagonista de la foto sonreía más que ninguna y brillaba más que ninguna en el centro.</p>
<p>Marie soltó una carcajada. “Pero bueno, ¿qué es esto?, ¿una fiesta de disfraces?”. “Eso mismo me dije yo. Eso mismo”, apuntó Enrie señalando enérgicamente con el dedo, como si hubieran coincidido las dos en la formulación de la penincilina.  “Es evidente que es una fiesta de disfraces”, sentenció Taylor. Las tres se quedaron calladas. Habían esperado encontrar fotos de una boda tradicional, pero no era eso lo que las disgustaba. Porque… ¿qué boda no es en el fondo una fiesta de disfraces? Será bueno explicar al lector, una vez llegados a este punto, que, en realidad, las tres ardían en deseos de ver fotos de esa boda a la cual no habían sido invitadas, pero ninguna iba a confesarlo abiertamente. Y es que nadie se aprieta voluntariamente una herida abierta, ¿o sí? La herida, o mejor dicho, la hiriente, era la muchacha sonriente del centro de la foto. Petunia, amiga íntima en otro tiempo, les había retirado la palabra a las tres, hacía ya tres años. Tres. De golpe, a las tres, con una rotundidad que a ellas les parecía  pasmosa y algo insultante (el orden de este binomio cambiaba según el humor de las chicas). La mecha empezó a encenderse por Enrie. A Petunia no le había gustado que ella empezara a salir con su mejor amigo, Pedro. Petunia era muy posesiva con lo suyo. Ya se tratara de su Buzz Lightyear cuando eran pequeñas o de sus amigos de carne y hueso. Pedro era de su propiedad. Y el mínimo detalle que podría haber tenido Enrie, y que quizá la hubiera salvado del destierro, habría sido informar a Petunia. Tan fácil como eso.  Pero ya era tarde para recular. Ernie ya ni siquiera se veía con Pedro, objeto de la polémica. De hecho, llevaba un par de años de formal noviazgo con Edu. La siguiente en caer fue Taylor. En esos convulsos días en que Petunia entró en cólera, muchos fueron los reproches que se hicieron las chicas. Petunia decidió inventariarlos todos en un mail para Taylor. Si esta hubiera respondido con mano izquierda, quizás los derroteros hubieran sido otros, pero es que Taylor no respondió con ninguna mano. No respondió. Y eso pasó a ser la mayor ofensa. Taylor cayó en el terreno de los proscritos. En cuanto a Marie, su pecado había sido ser la más fiel amiga de Taylor. A veces sucede que uno pretende tirar unos pantalones viejos y que, al hacer limpieza, tira también aquella camisa roja que nunca se pone y que no sabe qué hace en su armario. Pues bien, en el armario de Petunia, Marie era esa camisa. La pobre Marie, aunque inteligente y pragmática, aún sentía en su rostro aquella bofetada de desaire. Bofetada injusta e inapelable que más dolía porque no podía contestar. Petunia le había atizado y se había ido sin esperar réplica.</p>
<p>Y lo malo es que Petunia podía seguir su vida como si nada, como si no hubieran crecido juntas, como si no hubieran compartido miedos, lágrimas, risas, apuntes y chupitos. Eso encolerizaba a las chicas.</p>
<p>“La verdad es que a mí no me parece apropiado esto para una boda”, Enrieta lo pensaba seriamente. “Pero claro, como ella es tan alternativa” y lo de alternativa lo dijo  encogiendo los dedos y arrastrando la palabra hasta el infinito.  “Pero Petunia qué va… ¿de hada?”, preguntó Marie. A su juicio Petunia se había pasado de maquillaje. “¿Alguna vez habéis visto que un hada se maquille?, O se es hada o no se es… Vamos que Petu más que hada es…una bruja”. Enrieta se rió. Taylor ni se molestó. “Yo la veo… avejentada”, dijo. Las dos chicas la miraron sorprendidas. Marie pegó un trago al Tang. Seguro que Petunia hubiera valorado aquel detalle. La echaba de menos. Los años que veía casi imperceptibles sobre Petunia eran los años de la separación. Días y días robados a su amistad. La vida se colaba entre las rendijas del orgullo de aquellas amigas.</p>
<p>“Bueno, pues ya nos hemos casado”, Taylor se levantó alisando su chaqueta negra. “¿Nos veremos en el bautizo?”. “¡Claro!”. Enrieta se levantó también. Quería contarles a sus amigas que ella misma pensaba en casarse con Edu. Pero lo dejaría para otro momento. Marie también estaba de pie. Se quedó con las ganas de comentar lo de su ascenso, pero ¿a quién le apetece hablar de trabajo a las siete de la tarde? A muy pocos y desconsiderados mortales. Taylor no tenía nada que decir. Era reservada y además, si hablaba, acabaría volviendo a aquel maldito e-mail de Petunia que le perseguía en esos momentos como una mosca tozuda. Tres años ya… Así que se despidieron. La vida iba pasando, pero ellas estaban juntas. Siempre les quedaría Petunia. De algún modo. A las tres.</p>
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