Twist and Shout!

- ¿Y piensas salir con esa falda tan corta? – Le preguntó su madre.

- Pues si. – Contestó Jane fríamente mientras se aplicaba rubor.

- ¿No crees que es mucha piel?

- Si. ¡Pero así se usa ahora! Y me gusta, así que más da. – Le contestó a su madre, mientras pensaba “Además si no me vistiera así ningún chico querría bailar conmigo”.

Entró al Cavern Club, bajo los muchos tramos de escaleras, una vez dentro del mismo pub de inmediato sintió la atmósfera, el Rock n’ Roll, a volúmenes estridentes, el olor a sudor, cigarro y alcohol, todo concentrado. De inmediato se unió a la masa de gente bailando, siendo una más de ese frenesí nocturno de Liverpool.

El viejo mundo.

Despertó en una mañana gris, como todas. Se levantó, se vistió y salió de su habitación. Fue al comedor común donde todos los habitantes de su subsector comían. Desde que el Gobierno había decidido demoler todas las casas de su barrio para construir una planta de energía de emergencia todos se habían visto obligados a vivir en ese macro-condominio. Etiquetados por color, se dirigían a desayunar todas las mañanas, todos juntos, como ganado. Ya que todos habían sido obligados a trabajar en lo mismo, con los mismos horarios y las mismas pagas hace décadas atrás este último cambio sólo confirmaba lo obvio: Estaban en un regimen socialista, donde el pueblo se volvía homogeneizado, una masa de personas que viven igual, que valen igual, que hacen igual, que sufren igual. 

William, ya estaba acostumbrado a esta forma de vida, a sus cuarenta y dos años estaba tan condicionado como cualquier animal entrenado para cumplir ciertas funciones. Esto, de todos modos no significaba que no le importara vivir así, él sufría. El conoció fragmentos de la libertad en su niñez, el conoció el “viejo mundo” como le llamaban ahora los pocos testigos que quedaban esa sociedad, de la que hoy sólo quedaban recuerdos y pequeños vestigios. 

Fue un día como cualquier otro, llegó a la planta de energía, y se dedicó a su trabajo asignado aquella semana: Limpiar. El sistema estaba hecho de tal forma que cada semana se asignaba una labor diferente a los empleados según su nivel de estudios y según sus capacidades, así no se sentía pertenencia a ningún cargo, si los empleados se desempeñaban mal, los recargaban con horas extra, ésta era la única motivación para que hicieran bien su trabajo. William, que nunca destacó en sus estudios recibía trabajos que involucraban esfuerzo físico nada más. Él agradecía esto, así mantenía su cuerpo cansado y evitaba pensar. 

Limpió todas las zonas designadas, en el tiempo designado, y quedó libre por el resto del día ¡Qué miseria vivir así! ¡Como un animal, que intenta sobrevivir día a día! 

Un día William encontró una carta en su habitación, decía simplemente “Has sido aceptado como miembro del Club del Viejo Mundo” William de inmediato supo que su vida iba a cambiar ese era el momento, fue casi, como si siempre hubiese estado esperando esa carta, de papel amarillento y con letra apresurada. Por misterioso o sospechoso que esto fuera, el creyó, y sintió una felicidad interna… “Hay más como yo”.

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Continuará, yo creo :) .

(Claramente es intertextual, con 1984.)

Inseguridades

Salimos un par de veces con Mario, nos dábamos la mano, nos abrazábamos en público. En los días lúgubres tomábamos café en una pequeña cafetería local. En los días soleados salíamos a los parques antiguos de la zona, esos que aunque mal mantenidos tenían una magia escondida, una vieja historia. Conversábamos de nuestros intereses y proyectos, nunca nadie había disfrutado tanto las diferencias, de cada una de ellas salía un largo diálogo, el cuál exponía nuestros principios, nuestra visión de mundo, nuestra opinión, nuestra forma de vivir. Un amor platónico, un amor intelectual, digno de guiones de películas, digno de novelas románticas escritas para esas mujeres que como yo, viven llenas de inseguridades y sueños de amores ideales que nunca se llegan a concretar.

¿Cuánto duró? No sabría decir, porque nunca supe cuando empezó. Sólo sé que un día no hablamos más, no tomamos más café, no recorrimos más los viejos parques, dejamos de exponer nuestras almas. Yo no lo busqué, él no me buscó, me quise quedar con la idea de que nada dura para siempre, y que todo en la vida tiene un final. Usando esta filosofía como pretexto de mi timidez y poca determinación para retener a una persona en mi vida. ¡Como sufrimos las mujeres que no nos atrevemos a actuar!

Un mes y cinco días después lo vi de la mano con una mujer rubia, probablemente teñida, esbelta, y de buen vestir, el tipo de mujeres que actúan cada cosa que hacen sólo para lucir siempre bonitas. Esas que ligan todo razonamiento con algo emocional para parecer sensibles, profundas tiernas. Que no tienen un sólo discurso sólido. Mujeres-objeto. Y aunque nunca me consideré una persona prejuiciosa o feminista no pude evitar pensar: ¡Malditos sean los hombres!

Ok, me atrasé una hora y algo, pero qué más da.

Un día en la vida.

Y extendió su cuerpo en un campo de frutillas. Mirando a través de una cebolla de cristal se dio cuenta de que todo lo que necesitamos, es amor. Así que aunque debió saberlo antes, entonces se dio cuenta de algo innegable: Oh si, la morsa era Paul.

Microcuento basado en mis héroes, nada más que decir.

 

Siempre.

George mascaba su pastelito mientras bebía un latte caliente, en esto constaba su break de todos los días: Dejaba su cab estacionado en lime street, luego iba por un café y un pastelito a una cafetería que quedaba a la vuelta. Apenas entraba el dueño le servia “lo de siempre” intercambian un par de palabras vanas, como viejos compañeros, y luego George volvía a su cab, prendía la radio, escuchaba un rato las noticias y antiguos clásicos del Merseybeat. Luego volvía a su trabajo, llevaba unos cuantos pasajeros al día, tramos cortos, tramos largos, a veces un grupo de turistas que no entendían su acento de Liverpool, éstos siempre eran los que más dinero le daban, en sus largos recorridos por el centro o por los barrios residenciales de la antigua clase obrera portuaria.

Aunque siempre quiso ser médico, y los estudios le ganaron, tenía una buena vida. Se levantaba de lunes a sábado temprano y llegaba no tan tarde, a causa del trabajo, cenaba lo que cocinaba su esposa, hablaban de las noticias locales y luego se iban a la cama, juntos, tal como hacían desde hace quince años.

- ¿Me amas? – Le preguntó ella.

- Siempre. – Le contestó él.

And she could climb her walls.

Se encerraba en su habitación, se intoxicaba en sus pensamientos, se perdía en su propio laberinto aprehensión. Qué nadie la podía entender, qué nadie la iba a escuchar, que a nadie le iba a importar.

 

Her tears turned into rivers.

Poderosos caudales, llenos de pequeños peces, emergían de ambos planetas. Los peces escapaban de su triste historia, cada uno lloraba un mar.

 

Then the seas filled the Cosmos.

¡Oh que gran universo! Un océano majestuoso llenaba millones, de millones, de millones de emociones, y como acuarelas baratas, perdieron su color.

 

When the emotions turned to blue.

Y entonces el caos se volvió agua. Los colores se volvieron agua, los torbellinos se volvieron agua, el mundo se volvió agua, las paredes se volvieron agua.

 

And so she crossed the walls.

¿Y como no iba a hacerlo? Si ahora ella era pez, vívido en silencio.

 

 

 

Fotografías.

Soy Mary Charter, y soy fotógrafa. ¿Mi nombre? Guau, supongo que suena muy “americano” como dirían los yankees para vivir en “Chilito”, y si, mis papás son estadounidenses. Mis papás siempre me dijeron que me dedicara a hacer lo que me gustaba, nunca brillé mucho con mis notas, así que mi camino estaba definido: siempre fui fotógrafa. Al parecer simplemente fue el hecho de que me gustara robarle su antigua cámara a mi padre para tomar fotos de mis zapatillas sucias con barro. Luego esperar que revelaran el rollo ¡No había nada más emocionante que esa espera! aunque muchas de las fotos salían en blanco porque no sabía enfocar, era muy pequeña aún.

Tengo una caja en mi departamento, con todas las “fotos blancas” (aunque más que blancas, distorsionadas), nunca fui capaz de botarlas a la basura, por alguna razón. Eran como un amigo que nunca quise olvidar. Antes creía que eran fotos de un fantasma que me seguía a todas partes, como un partner de la infancia, que era mi cómplice en cada una de la travesuras cometidas por mí, en mi antigua casa.

Y hoy estoy en esa casa, después de la muerte de mi abuela mis padres decidieron venderla y volver a Estados Unidos. Yo me quedo aquí, yo nací aquí, yo soy de aquí. Claro, es muy difícil y son muchos recuerdos, así que traje mi nueva cámara digital para tomar las últimas fotos al hogar de mi niñez.

Mientras tomo las fotos, uno que otro recuerdo cruza mi mente, una que otra lágrimita cae de vez en cuando, también un par de risas (¡No crean que soy tan fría!). Voy recorriendo cada lugar por última vez. El jardín, la escalerita para entrar a la casa, la puerta, el living, las habitaciones… Mi habitación.

Una habitación cuadrada con una ventana, vista al patio, un clóset pequeño, nada más. Recuerdo donde estaba mi cama, donde estaba cada mueble, y por supuesto, mi pared.

Tomo las últimas fotos de la pared donde colgaba “mis trabajos” y pienso, ¿Como no tomarme una foto a mí misma en mi antigua habitación? Me habría sentido casi ingrata con ella, así que tragándome el típico miedo que se tiene al arriesgar cosas recién compradas  pongo mi cámara en el borde de la ventana, con cuenta regresiva, me apoyo en la pared sonriendo al lente y espero el flash, tomo dos fotos.

La primera salió blanca… Weird, es una cámara digital, eso no pasa… Entonces veo la siguiente foto. Primero una sorpresa, luego una sonrisa. Hay una silueta blanca posando al lado mío.