Story 8

Mordisqueaba concienzudamente la onza de chocolate que le habían puesto para acompañar el café con leche. Arrancaba trocitos minúsculos con sus pequeños dientes afilados, como uno de esos roedores que se ven en los escaparates de las pajarerías. Le encantaba saborearlo poco a poco, postergando el momento del último bocadito.

La cristalera le devolvía una imagen que le resultaba familiar. Sus ojillos oscuros brillaban con deleite mientras sus dientecillos desmenuzaban la chocolatina. Su pensamiento se trasladó a tiempos pasados. Todo había empezado hacía mucho. De niña siempre había sentido inclinación a morder cualquier cosa que estuviera al alcance de su boquita, hábito que le había traído no pocas reprimendas. Consiguió controlar sus impulsos con mucho esfuerzo y la ayuda de un psicólogo infantil. Sin embargo, le quedó una pequeña manía. Siempre que besaba a alguien de su familia le daba un pequeño y cariñoso mordisco. Esa costumbre le había valido el apodo de “la lobita”.

“¿Dónde está la lobita?”, preguntaba su padre cuando volvía a casa tras la jornada laboral. Y ella trotaba para lanzarse a sus brazos y darle el bocadito de rigor. “Esto sólo lo debes hacer en casa”, le recordaba su padre.

Pero un día no pudo evitarlo. Quizás actuara imbuida por el espíritu rebelde de la adolescencia. O puede que fuera el efecto de aquellas primeras copas de vino. Lo cierto es que cuando su primo le presentó a aquel amigo suyo, casi sin pensar le arrancó un trozo de mejilla de un bocado redondo, perfecto. El sabor de la sangre inundó su boca, metálico, caliente y… delicioso. El pobre muchacho se apartó inmediatamente, entre lágrimas, lanzando aullidos de dolor.

En ese momento supo que lo volvería a hacer sin dudarlo. Le gustó sentir la carne desgarrada entre sus dientes, la fuerza de sus mandíbulas arrancando trozos palpitantes de otro ser. Muy probablemente acabara ingresada en alguna institución para enfermos mentales, pero sabía que, tarde o temprano, volvería a hincarle el diente a alguien. Realmente, ¿qué diferencia había con morder una zanahoria?

 

Day 10 – Story 7

La oscuridad de la sala le brindaba el escenario perfecto. A esas horas eran pocos los espectadores que acudían al viejo cine de la calle Schiller. Y menos aún a ese tipo de películas. Siempre escogía los filmes más sesudos y menos comerciales, aquellos que la crítica ensalzaba pero que pasaban completamente desapercibidos para espectadores menos avezados. Muchas veces era la única persona de la sala. Aprovechaba entonces para relajar su atormentado pensamiento y abandonarse a la contemplación de otras vidas, de otros mundos. Se dejaba llevar por las historias que le contaba la gran pantalla, ya fueran alegres o tristes. Por unos momentos conseguía evadirse de su solitaria realidad.

Esa noche se arrellanó en su butaca dispuesto a ¿disfrutar?. Pasaría una velada de enajenación, de catársis, viendo a través de otros ojos, y adueñándose de los sentimientos y las emociones de otros. Sin embargo, justo al empezar la cuenta atrás, distinguió apenas una figura adentrándose en la negrura de la sala. Por suerte o por desgracia finalmente tendría compañía. La figura se acomodó varias filas delante de él, jadeante por la celeridad con que había entrado. Sin poder evitarlo clavó su mirada en la figura, acompasando sin querer su respiración al agitado aliento del nuevo espectador. Mientras, sigilosamente, se levantaba de su asiento, pensó que esa noche era la noche.

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Day 7 – Story 6

Lo había conseguido. Por fin eran míos. Y en honor a la verdad no había sido fácil. Estaba exhausta. Pero ya no importaba. Aquel divino par de zapatos pasaría a engrosar mi extensa colección. De no haber sido porque estábamos en las más total y absoluta de las miserias, los Manolos no habrían tardado ni diez minutos en venirse a casa conmigo. Pero mi señor marido había tenido la desfachatez de arruinarnos. Sus pocas luces, unidas a unas más que desafortunadas inversiones, habían consguido poner en jaque nuestra economía. Hasta habíamos tenido que vender el yate. ¡Qué vergüenza! Qué pensarían de mí en el club naútico. Había tenido  que inventar una tonta excusa para justificar mi ausencia. “Fíjate Lali, tenemos que dejar el club…La nena ha desarrollado una inoportuna alergía al salitre. El Dr. Manriquez-Garmendizabal nos ha recomendado que cambiemos el mar por la sierra. ¡Todo sea por la nena!”. Qué bochorno si alguien se enteraba. Pobres, lo que se dice pobres, no eramos. Eso ya era lo último. Antes me retiraría a un convento que ser pobre. Pero para adornar mis pasos con obras de arte no nos llegaba.

Volví a asomarme al pasillo para cerciorarme que no había moros en la costa. Hora de irse. Cogí los zapatos y los metí en mi bolsa de deporte.Miré por última vez a la que había sido su propietaria. Sus ojos sin vida casi fuera de las órbitas, la lengua colgando a un lado de la boca, la cara congestionada y amoratada…Si no fuera porque el amarillo no me sentaba nada bien me hubiera llevado también el pañuelo con el que la había estrangulado. ¡Qué desperdicio de seda salvaje!

 

Day 6 – Story 5

Imposible. No podía creerlo. Mis ojos, abiertos como platos, se resistían a dar crédito a lo que estaban contemplando. Mis pabellones auditivos estaban igual de sorprendidos y, como si tuvieran vida propia, se enrojecieron hasta el tímpano. No podía ser, debía tratarse de un espejismo. ¿A qué hora había desayunado esa mañana? Uhmm, quizá debería haberme comido las galletas y no ir por el mundo con un miserable café. Claro, eso era, mi estómago se había aliado con mi cerebro y  me estaban jugando una mala pasada. Estaba alucinando de hambre. Nota mental: tienes que cambiar tus hábitos alimenticios o lo acabarás pagando caro, querida.

De pronto mis orejas, delicadamente adornadas con perlas cultivadas,  captaron  de nuevo el mismo sonido, un sonido que me resultaba espeluznantemente familiar. Una risa de hiena, famélica de atención, estudiadísima y practicada hasta la saciedad. Su dueña sabía cuando debía dejar que surgiera de su garganta. Sabía el momento exacto en el que debía dejar que sus labios, siempre perfectamente maquillados de colores pastel, se abrieran suavemente para mostrar dos hileras de dientes alineados como soldaditos de nácar. Primero la sonrisa que encandilaba a hombres, mujeres y niños. Después profería ese sonsonete que pretendía ser sincero pero que nunca consiguió engañarme.

Entonces fue cuando empecé a digerir que ella estaba allí. La muy zorra. ¿Cómo era posible? No podía dejar que me viera. No hasta que hubiera averiguado como había llegado hasta allí. De un salto me escondí detrás de la caseta de Rolvo, el mastín de los Johansen. ¿Con quién hablaba? No era del pueblo, de eso estaba segura. Y es que en nuestra pequeña comunidad todos nos conocemos. Aunque sea sólo lo que se ve o se deja ver. Mírala. Cómo le coge del brazo, está intentado parecer franca y accesible. Si no la conociera podría pensar que realmente le está dando la receta del pastel de nueces de su abuela.”Sí querida, sólo una taza de nueces pecan, pero sin caramelizar, no podemos dejar que nos vaya todo a las caderas”. Entonces volverá a reir distraídamente y le prometerá que un día de estos le llevará un pastel a su casa. Y justo en ese momento su interlocutor le estará dando las llaves de su vida en bandeja de plata.

Eso era exactamente lo que le había pasado a Eija. Lo primero que hizo la harpía fue llevarle su famoso pastel “para darte la bienvenida al barrio, cariño”. Después se había ganado su confianza, haciéndole mil y un favores, y ofreciéndole los consejos más bondadosos que una pueda imaginar. Igual que las madres perfectas de las películas. Y poco a poco se metió en su vida sin que Eija se diera cuenta. Y un día Hjalmar le dijo que ya no podía seguir casado con  ella, que había encontrado a otra. Eija nunca supo que era ella. La muy tonta se atiborró de somníferos esa noche. Y el imbécil de Hjalmar se pegó un tiro cuando al despertar vió que la madre de su hijo se había matado por su culpa. Y así quedó huérfano mi pobre Gustaf, menos mal que su tía My estaba allí para cuidarle. Y para vengarle.

Se movía. Debía seguirla. Tenía que averiguar qué hacía allí. Después de todo, la gente no vuelve caminando como si nada después de recibir un balazo en la garganta.

Day 4

Sonríe. En días como ese Astrid Lündgren debía repetirse esa consigna una y otra vez. Un dolor intenso, pulsante, se había instalado en su sien derecha, y con cada pulsación se extendía, ramificándose, hasta su ojo derecho. Sonríe. Haciendo un esfuerzo sobrehumano colocó los dos vasos de café en la bandeja que previamente había depositado sobre el mostrador. Era la única barrera que la separaba de la masa soñolienta y resignada que demandaba su dosis de cafeína para empezar el día. Uno tras otro desfilaban frente a Astrid, algunos bostezando, otros con cara de perro, pocos con una palabra amable.Esos días deseaba que todos desaparecieran, que se esfumaran. Al menos la hora punta sólo dura un par de horas, se consolaba.

Astrid prefería el ambiente distendido de los sábados y los domingos. Los rostros de los clientes ofrecían un lado más agradable. Risitas tontas de adolescentes, balbuceos de bebé, madres reprendiendo dulcemente a sus retoños. Esos eran los sonidos que le gustaban. Mucho más que el silencio forzado, los gruñidos y resoplidos de los días laborales. Hasta el bicho raro que se sentaba en la mesa 23 le parecía más tolerable cuando era fin de semana.

 

 

Day 3

Las sarmentosas manos de Helga se aferraban a las muñecas de su agresor. Intentaba con sus cada vez más menguadas fuerzas alejar de su cara la almohada que le estaba robando el aliento. Sin embargo, a sus setenta y muchos años, era incapaz de competir con su atacante. Boqueaba como un pez fuera de su estanque, y con cada bocanada sentía que la esperanza se le escapaba sin remedio.

Dicen que cuando uno está a punto de morir, la vida pasa por delante de los ojos, mostrando los momentos felices. Lo que no cuentan es que para aquellos cuyos recuerdos son amargos, esas mismas imágenes ponen de manifiesto lo miserables que han sido sus días. Helga Seewindig volvió a sentir los abusos de su padre, el desprecio del que había sido su marido, el dolor desgarrador de verse abandonada con el pobre consuelo de su hijo recién nacido. Hasta las horas alegres junto a su pequeño se veían desvestidas de la dorada pátina de dicha con que Helga las había adornado. Realmente su existencia había sido tan triste como estaba siendo su muerte. Y antes de que el último soplo de consciencia abandonara su viejo cuerpo pensó en que no era para tanto…sólo le había dicho “Klaus, cariño, este clima tan frío no le sienta nada bien a mis rodillas. Estoy pensando en irme a vivir a España con tu tía”.

Day 2

Klaus Seewindig abrió los ojos. Todavía era de noche, pero su despertador estaba a punto de sonar. Volvió a cerrarlos, apretándolos fuertemente, como si no quisiera formar parte de la realidad que empezaba a dibujarse tras las brumas del sueño. Sin embargo era la hora de levantarse. Pesadamente se incorporó en su estrecha cama. Era la misma de cuando tenía diez años, así que  sus movimientos se antojaban ridículos, como los de un beodo tambaleándose a la salida de la última taberna abierta.

Se dirigió al cuarto de baño, dispuesto a ducharse para disipar las últimas nieblas de la noche. Cinco minutos serían suficientes. Tras la ducha se dirigió de nuevo a su habitación, sigiloso, no quería despertar a su madre, que yacía en la habitación contigua a la suya. Se puso su uniforme de cartero siguiendo su pequeño ritual. Primero la camisa, deteniéndose a abrochar los botones lentamente. Después los calcetines, estirándolos hasta casi llegar a las huesudas rodillas. Luego los calzoncillos, y finalmente los pantalones. Una vez vestido, volvió a meterse en la cama, a esperar que llegaran las 7.30. Esos veinte minutos reposando en la cama, aún caliente, eran los que más disfrutaba Karl Seewindig. Cerraba los ojos y procuraba no pensar en nada. Se concentraba en su respiración, pausada, regular, y le ayudaba a tener unos minutos de sosiego.

A las 7.30 volvía a sonar el despertador. Entonces Klaus Seewindig se levantaba de un golpe, y salía, sin hacer ruido, de casa para cumplir su jornada laboral por las calles de Köln. Su trabajo era perfecto para él. No requería grandes dotes de concentración, algo que apreciaba. Bastaba con tener en su cabeza el plano de la ciudad que le había visto nacer, crecer, y que probablemente le vería morir. Memorizar planos era algo fácil para Klaus. De hecho, memorizar cualquier cosa no le suponía ningún reto. Podía reproducir cualquier cosa que oyera, ya fueran conversaciones, discursos, spots publicitarios, canciones, cualquier cosa. Y guardaba en su retina cuanto veía: personas, ciudades, obras de arte, todo. Por eso a Klaus le gustaba su trabajo, le permitía capturar vidas ajenas a través de sus sentidos mientras repartía cartas y paquetes.

Después de trabajar, cuando dejaba su carrito en las oficinas de correos, Klaus Seewindig volvía a casa. Siempre hacía el mismo trayecto de vuelta, sin alterarlo lo más mínimo. Le complacía la seguridad de la rutina diaria, los cambios nunca traían nada bueno. Dos, cuatro, seis tapas de alcantarilla. Tres sauces, cinco semáforos, dos colegialas con mochila se cruzaban cada día en su camino. Justo antes de girar la esquina que le conducía a su calle, paraba en el pequeño ultramarinos que regentaba un anciano turco. El hombre, intentando diversificar su negocio, también vendía döner, y  Klaus compraba uno cada noche. Tras pagar al turco, subía apresuradamente los treinta y cuatro escalones hasta su casa. A veces se paraba un minuto a charlar con Frau Stenbeck, que, indefectiblemente, barría el rellano del segundo piso. Otras ayudaba a Herr Kuhn a subir las pesadas bolsas de la compra.

Cuando finalmente llegaba a la puerta de su casa, sacaba las llaves del bolsillo derecho de su pantalón y se demoraba un segundo en ver cómo la llave se hundía en la cerradura, como si se tratara de un pequeño puñal hendiendo la carne blanda. Se recreaba en ese pensamiento un instante y entraba en su vivienda, cerrando el mundo tras de sí. Acto seguido se dirigía a la habitación de su madre, y deteniéndose junto a la puerta, decía “Madre, ya estoy en casa”. La anciana hacía años que no le contestaba. No, no le molestaba la pasividad de su madre. Lo verdaderamente importante era que estaba allí cada día, esperándole, sin cambios

Día 1…de sopetón

Ahí va mi primer relato. Es un relato express, pero lo importante es empezar….

” Los hospitales siempre me ponen nerviosa. La gente va y viene con caras largas y preocupadas. Ojeras, bostezos y demás atributos de los que no descansan bien inundan casi todos los rincones de los hospitales.No creo que haya mucha gente a la que realmente le gusten.

La razón de mi visita esa vez era una simple extracción de las muelas del juicio. Nada complicado, pero la verdad es que tenía un poco de miedo. Sobre todo a la anestesia general, con todo el mundo diciéndome que hay gente que no despierta nunca..¡Hay gente que más valdría que estuviera calladita!

Pues bien, allí estaba yo, con mi batita verde puesta esperando a que vienieran a por mí para bajarme al quirófano, como una ovejita a la puerta del matadero. Mi madre me decía que no me preocupara, pero con la boca pequeña. Sus ojos delataban un temor aún mayor que el mío. Mi padre, callado, miraba por la ventana, igualmente preocupado, pero intentando que no se notara demasiado.

De repente, entró un hombre en la habitación. Un señor con bata blanca, que deduje sería el médico que iba a intervenirme. Era un señor de avanzada edad, que, a mi juicio debería estar ya disfrutando de una merecida jubilación.

- Buenos días Elena, ¿cómo estás? ¿Todo bien? – preguntó el abuelete

- Sí, un poco nerviosa.

Miré a mi madre, y por su mirada supe que estaba pensando lo mismo que yo. Titulares en los periódicos que hablaban del caso del cirujano que había convertido en tragedia una operación rutinaria. “El cirujano ha hecho la incisón en la yugular de la paciente en vez de en las encías”, declaraba la enfermera que asistía la operación; ” Le habíamos pedido en numerosas ocasiones que se operara las catarátas, pero el Dr. X se consideraba apto para ejercer”, se excusaba el director del hospital. Imágenes de mi funeral pasaron por delante de mis ojos a la velocidad de la luz.¡Horror! Tenía que escapar de aquella habitación como fuera.

Lo primero que se me ocurrió fué decir que había contraído una extraña fiebre africana que me había debilitado tanto que no me veía capaz de aguantar la anestesia. Lo descarté de inmediato porque estaba segura que la cara de mi padre me delataría al momento, él no sabe mentir.

- Espero que la operación vaya bien – dijo de pronto el Dr. Muerte – Rezaré por tí en el servicio de hoy.

Se santigüó, y mientras se movía, un atisbo de blancura en su cuello me hizo volver a la realidad de sopetón. La sanidad pública no estaba tan mal, al menos de momento, como para tener en nómina a médicos licenciados en la II República. Para mi suerte, o mi desgracia, ese señor que se marchaba invitando a mis padres a asistir a la misa, era el sacerdote del hospital.”